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El poder del ejemplo

La técnica de: “Haz lo que te digo, no lo que yo hago” francamente, no funciona

Por Elisabeth F. de Isáis (1925-2012)

Una cualidad de carácter que cualquier mamá trata de inculcar a sus hijos, es el dominio propio. Pero muchas veces el papá o la misma mamá, no lo demuestran con sus acciones, y los hijos se confunden en cuanto a lo que se espera de ellos.

¿Cómo se demuestra el dominio propio? Para empezar, es una actitud de aceptación de las circunstancias. Si la madre se pasa el tiempo llorando o protestando porque tiene demasiado que hacer, no está demostrando dominio propio. Los niños que no cumplen con sus tareas escolares a tiempo, tampoco. 

La persona con esta cualidad tiene control de sí misma, organiza su tiempo, logra sus objetivos, vive en un ambiente ordenado y agradable. 

“¡Hijo! ¡Mira cómo has dejado tu cuarto!” Grita la mamá con enojo y frustración. Pero el niño está distraído porque quiere salir a jugar y ha observado que en el cuarto de sus papás, la cama está como cuando se levantaron y la cocina está en desorden. 

La técnica de: “Haz lo que te digo, no lo que yo hago” francamente, no funciona. Pero todos hemos visto casos donde la gente todavía trata de ponerla en práctica. Por supuesto, esto no convence al niño.

Es interesante lo que San Pablo escribió al joven Timoteo. Dijo en su segunda carta a este discípulo, al que a veces le llamaba “hijo” para mostrarle el cariño que le tenía: “No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”. 

Hay que recordar las circunstancias en que Timoteo conoció al gran líder Pablo. Parece que él vivía en Listra y en esa ciudad situada en donde hoy está Turquía, cuando los cristianos llegaron por primera vez, sucedió un milagro notable: fue sanado un hombre cojo de nacimiento. 

Al ver que aquél hombre de repente podía caminar, algo que nunca había sucedido antes, toda la gente de Listra comenzó a gritarles a Pablo y a su compañero Bernabé: “¡dioses bajados a la tierra!”. Llamaron a Bernabé: Júpiter y a Pablo: Mercurio, y quisieron adorarlos y sacrificarles toros.

Como fieles siervos de Dios y predicadores del Evangelio de Jesucristo, rehusaron recibir tal adoración y Pablo trató de explicarle a la multitud cuál era su verdadero mensaje.

Mientras tanto unos enemigos del Evangelio llegaron a Listra para acusar a Pablo y Bernabé de que estaban predicando cosas falsas, por lo que toda la gente se volteó en su contra y apedrearon a Pablo hasta dejarlo por muerto. 

No se sabe con seguridad si Timoteo estaba presente, observando todo, pero es muy probable, ya que el mensaje de Dios llegó a su corazón y él empezó a difundirlo en toda aquella región. Por tanto, cuando los predicadores volvieron otra vez a Listra, Timoteo ya tenía buena fama como un fiel seguidor de Jesucristo.

Por esto, en la segunda carta a Timoteo, Pablo lo amonestó a vivir con “poder, amor y dominio propio”, algo que Timoteo había visto ejemplificado en la vida de Pablo. Lo maravilloso es que esto viene como un regalo de Dios, que todos podemos obtener si le entregamos nuestra vida, confiamos en Él y le obedecemos.  

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