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¿Cómo pudimos aguantar tanto?

En menos de un mes murieron mi esposo, dos hijos y mi nieta por COVID-19

Relatado a Rebeca Lizárraga Raygoza

Doña Consuelo, coordinadora de un mariachi cristiano, perdió en cuatro días, a causa del COVID-19 a su esposo y a dos de sus hijos. Y tan solo doce días después, a una de sus nietas.

Además, en esos mismos días otros veinticuatro miembros de la familia estuvieron enfermos de gripe, con dolor de cabeza y de cuerpo, experimentaban debilidad, temperaturas altas y problemas cardiacos. “¿¡Señor, qué pasa!?”, decía doña Consuelo, en esos días de intenso dolor.

Su hijo Arturo murió el pasado 28 de abril de 2020. Dos días después, el 30 de abril, murió su hijo Juan, trompetista del mariachi. El primero de mayo murió su esposo. El 13 de mayo murió una de sus nietas, dejando a sus tres hijos pequeños.

Los vecinos los miraban con desprecio o miedo y se alejaban. “Esos están malditos”, decían. También se corrió la voz entre amigos pidiendo que nadie se  acercara a ellos para que no se contagiaran. Tomaron una distancia cruel.

“¿Cómo pudimos aguantar tanto?”, se pregunta doña Consuelo. “Porque Dios nunca nos dejó. Yo me agarraba fuerte de la mano de Dios. Solo así podía enfrentar un dolor tan grande. Pero así como sufrimos, también tuvimos grandes bendiciones”.

“Este tiempo nos hizo reconocer el valioso tesoro de salvación y vida eterna que tenemos en Jesucristo por su muerte en la cruz. Ellos cuatro están ahora gozando de una vida eterna hermosísima. Mi esposo, trompetista del mariachi; mi hijo Arturo, quien era pastor en la Iglesia que tenemos en la parte baja de la casa; mi hijo Juan, trompetista y mi nieta están con Dios. Los extrañamos y sentimos mucho su ausencia. Pero allá están con Él”.

Doña Consuelo tiene una vida extraordinaria. Se casó muy jovencita. Los dos eran originarios de Puebla. Sin embargo la familia padecía un problema. Su esposo hacía rótulos y diversos anuncios pero no le gustaba mucho trabajar aunque sí bebía mucho y la familia se multiplicó, pues tuvieron diez hijos.

Con el afán de sobrevivir y de que no faltara el pan, doña Consuelo, en su juventud se vino junto con sus hijos a la Ciudad de México y a los pocos días llegó su esposo. Siguieron viviendo con serias dificultades económicas a lo largo de los años.

Un día una amiga la invitó a una iglesia cristiana. Ahí vio una película donde contaban el mensaje de salvación. Doña Consuelo aceptó a Cristo en su corazón y su esposo también. Él la había seguido a la iglesia sin que ella se diera cuenta.

Dios obró con poder y vivieron una serie de cambios importantes como familia. Ante todo, su esposo dejó de beber y empezó a trabajar. Los hijos mayores también trabajaron y juntos establecieron una familia armoniosa. Hace 35 años integraron un mariachi cristiano, por medio del cual con canciones y alabanzas anuncian el Evangelio por el sureste del país y en los alrededores de la ciudad de México.

La familia formó una iglesia cristiana que se reúne en su casa. “Me quedé sin mi pastor”, dice ahora doña Consuelo, “y sin mis dos trompetistas, que eran mi hijo Juan y mi esposo. Hoy ya están ensayando otros dos muchachos para sustituir a los que se nos fueron”.

Doña Consuelo recuerda con lágrimas cómo el primero que se sintió mal fue su hijo Arturo. Lo llevaron al doctor. No les dijeron que era COVID-19, pero sí tenía los síntomas. Dos días después Juan se sintió mal. Pidió que lo llevaran al hospital a donde pocas horas después también llevaron a Arturo.

En las primeras horas de hospitalizado Arturo presentó mejoría y los familiares dijeron contentos que había podido comer un poco. Hasta se habló de que podrían regresarlo a su casa. Consuelo abrigó esperanzas pero al día siguiente Arturo murió. Cuando fueron por el cadáver para tramitar el entierro, un hijo de Juan, le avisó a Consuelo que su papá ya no estaba respondiendo a la medicina. “Ten misericordia de nosotros, Padre. Ya te llevaste a Arturo, déjame a Juan”, rogaba Consuelo. “Toma mi vida, llévame a mí, déjalo a él”.

En el hospital, el doctor que atendía a Juan les dijo que él tenía una bacteria en el cerebro, de tal manera que aunque lograra salir de esta crisis, no quedaría bien. Consuelo se fue a su casa a orar por la vida de su hijo. Una hora después sonó el teléfono y le avisaron que ya había fallecido. Toda la familia lloraba por el fuerte impacto de una muerte tan rápida. Consuelo seguía en oración, sin llorar. “No sé cómo me sostenía mi Dios”, señala.  

En el entierro de Juan, llegó un mariachi a tocar canciones muy sentidas y fue mayor el llanto de todos. El mismo día del entierro, su esposo empezó a sentirse mal.

Consuelo recuerda que al verlo tan decaído le dijo:

—¿Te quieres ir con tus hijos?

—Sí.

—Ah, mira ¿y me quieres dejar sola?

—No, no te dejaré sola —le contestó.

Consuelo se fue a pedirle a Dios por su esposo.

—Ya te llevaste a mis dos hijos, ¿ahora también a mi esposo? Pues gloria a tu nombre, Señor.

Siguió rogando por su esposo. La familia decidió llevarlo al hospital. Lo ayudaron a ponerse en pie. Consuelo se acercó y le cerró los botones de su suéter.

— Aquí te espero —le dijo con cariño.

A los diez minutos de haber salido lo trajeron de regreso. Una de sus nueras le dijo: —¡Ya se murió mi suegro!

Un gran dolor le rompía el corazón. Le preguntaban y ella decía que estaba bien, “pero por dentro me estaba muriendo”, recuerda Consuelo.

También se habían enfermado otros dos de sus hijos. Los vecinos y amigos seguían diciendo que estaban malditos. Más miembros de la familia enfermaron.  

Entonces su nieta también se enfermó. Ella había tenido una vida en rebeldía a Dios. Consuelo fue a visitarla y ella le decía que no se acercara ni la tocara. Consuelo la tocó y empezó a orar con ella pero en medio de la oración a su nieta le daban crisis, se rebelaba y le decía:

—Usted no cree en la medicina, ¿verdad?

—Yo creo en Jesucristo. Él es mi Médico y es mi Salvador, me sana y me salva.

Ya antes le había dicho que no le hablara de Cristo. Estaba enojada y le decía: “tengo odio y rencor”. Pasó esa noche con ella, orando y pidiéndole a Dios que reprendiera y echara fuera todo lo que aprisionaba a su nieta. Después de esa oración, Consuelo vio cómo dos sombras salieron del cuerpo de su nieta. 

A la mañana siguiente, la chica despertó y se sorprendió al ver a su abuela. No recordaba nada de lo que había pasado en la noche, pero tenía buen ánimo y ya no mostraba esa actitud rebelde. Consuelo dejó a su nieta con su familia y le dijo que regresaría.

Unas dos horas después cuando regresó, la abrazó y le preguntó si quería aceptar a Jesucristo como su Salvador. Su nieta dijo que sí y las dos oraron. Estaba en paz, pero poco después no podía respirar y tenía dolor. Llamaron a unos paramédicos quienes al verla, concluyeron que era mejor que ya no la movieran.

Al poco rato murió. Su papá estaba inconsolable, desesperado, diciendo que cómo era posible que Dios se la llevara cuando toda la familia se dedicaba a servir a Dios. “Estamos malditos”, decía él y en ese momento Consuelo también lo pensaba.

“Pero así como sufrimos, también tuvimos grandes bendiciones. Nos llamaron de todas partes de México y también de otros países para brindarnos consuelo y amor. Muchos hermanos nos apoyaron y nunca faltó nada para los entierros”.

La familia se ha unido mucho más. Hijos y nietos han sido transformados por Cristo. También hemos sido testimonio para otros. “Créame que la admiro”, le dijo una vecina, “porque ustedes sí viven lo que creen”.  

“Dios nunca nos dejó. Él no abandona a sus hijos”, dice Consuelo.

También recuerda lo que le dijo una de sus vecinas: “Oiga, todo lo que ustedes vivieron no era para otra gente, era para ustedes, porque ustedes son guerreros. Solamente a unos guerreros les pueden ocurrir estas pruebas, otros no las aguantan”.

“¿Cómo pudimos aguantar tanto? Por la misericordia y gracia de Dios. Él está con nosotros”, asegura doña Consuelo. 

(Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los involucrados).

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