A través de la ventana

Foto por Paola del Castillo

Habían pasado dos meses y aquí estaba de nuevo, agotada en todos los sentidos

Por Sally Isáis

Me sentía como si me hubiera atropellado un tren. Al menos imaginé que sería algo así, sólo que este dolor era físico, emocional y espiritual.  

Miré a través de la ventana el espeluznante laberinto de agujas, tubos, vendas y máquinas, conectado a lo que parecía una mota de carne. Intentaba abrirme paso con la mano (lo cual sabía que era imposible) y tocar su pequeño cuerpo que se agitaba con cada respiración. Parecía una eternidad desde el momento en que había tenido su perfecto cuerpecito en mis brazos. 

Recuerdo lo que escuché como si fuera ayer:

—Es obvio que tienes algún pecado oculto en tu vida y si no te arrepientes, el Señor te lo quitará.

—Sabemos que no somos perfectos, pero no creemos que el Señor castigue a nuestro hijo por culpa de nuestro pecado —fue la suave respuesta de mi marido. 

—Nunca imaginé que esto nos pasaría a nosotros. Estas cosas les pasan a otros, no a nosotros —confesé en oración. 

—¿Por qué no? —fue la respuesta del Señor. 

—Te doy gracias por este bebé —le había dicho tan solo tres semanas antes—, y sé que está en tus manos. Sé que das y quitas. Decidas lo que decidas, bendigo tu nombre. 

Y sin embargo, aquí estaba otra vez, intentando desesperadamente controlar el resultado de algo que sólo Dios podía hacer. 

En un instante, reviví un recuerdo de varios meses atrás. Estaba en otro hospital, con las lágrimas nublando mi vista y mis pensamientos. A través de la ventana podía ver el aspecto morado y amarillento de mi bebé. 

De repente escuché un suave susurro: —¿Crees en Dios?

Giré y me topé con una hermosa joven.

 —¡Claro que creo en Dios, soy cristiana! —respondí con convicción.

Su sonrisa se ensanchó mientras tocaba suavemente mi brazo y señalaba: 

—¿Ves ese bebé? Es mío.

 Su hijo yacía tan quieto como el mío y ella lo veía con ternura. Lloraba quedamente y sus hombros estaban cargados con un sinnúmero de días angustiosos y demasiadas noches sin dormir. 

—Entonces —continuó con firmeza—, creo que sabes que lo que tu bebé necesita son tus oraciones, no tus lágrimas. Puedes llorar todo lo que quieras cuando estés lejos de él, pero ahora, incluso a través del cristal, necesita que seas fuerte por él, que tengas fe en el Dios en el que dices creer, que compartas la batalla con él. Necesita saber y sentir que no está solo. Tú estás aquí, así que necesitas en verdad estar presente. No desperdicies estos preciosos minutos que tenemos hoy. ¡Haz que cuenten!

Nos estrechamos en un fuerte abrazo, unidas por un vínculo común, mientras enjugábamos nuestras lágrimas entremezcladas y le sonreíamos a nuestros bebés. El tiempo que nos había sido asignado se acabó demasiado pronto. Al día siguiente, cuando fui a pasar mis 15 minutos frente a la ventana, su bebé ya no estaba. No volví a verla.

Habían pasado dos meses y aquí estaba de nuevo, agotada en todos los sentidos, rogando al único que podía hacer algo. Sabía que Dios era soberano y bueno, aunque no respondiera como yo quería.   

—Por supuesto que creo en Ti —cantó mi corazón, y elevé mi oración al trono divino, dando gracias una vez más por el regalo de esta amiga íntima y desconocida. 

Amaneció un nuevo día. Luchamos durante muchos meses, sin saber qué haría el Señor, pero confiando en Él. Hoy, por la gracia de Dios, nuestro hijo es un joven piadoso que ha sido completamente restaurado. 


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