Día de los abuelos

Foto por Armando Lomelí

Foto por Armando Lomelí

Valoremos el tiempo con ellos

Por Nayeli Rodríguez Reyes

Me hubiera gustado aprender de mis abuelos, o al menos recordar más sobre ellos, pero no tuve la oportunidad de convivir mucho con ninguno. Sin embargo, el peso de su ausencia es innegable.

Creo que nuestra generación debe valorar más a los abuelos, pues son como un cofre de historias que nos ayudan a reconectarnos con nuestras raíces y a entender nuestro presente. 

De ellos se aprenden tradiciones, costumbres y, en ocasiones, dejan como su legado más grande su propio testimonio de fe. Un ejemplo de esto es Loida, la abuela de Timoteo. Esta mujer fue de influencia, primero para su hija Eunice y después para su nieto. Es un regalo y motivo de agradecimiento a Dios el tener abuelos que dedicaron su vida a servir al Señor. 

Antes, la vejez estaba vinculada a la sabiduría. Los ancianos eran personas respetadas y su opinión era valorada. Ahora, es sinónimo de enfermedades y arcaísmos. Se ha vuelto hasta un insulto porque nuestra sociedad rechaza todo aquello que tenga que ver con tradiciones y valores de generaciones pasadas. 

¿Alguna vez alguien te ha dicho: «piensas como viejito», «esas ideas son anticuadas», «eso era antes, los tiempos han cambiado»? 

Es triste que nuestra generación a veces no le da la importancia suficiente a estos miembros de la familia. Algunos incluso son abandonados u olvidados en casas para ancianos. 

Existen otros casos extremos y más graves, por ejemplo, cuando la persona está enferma y su familia la trata como una carga. El deterioro emocional que puede sufrir un anciano afecta su calidad de vida no solo por la enfermedad que padece sino por sentirse invisible, inservible y desplazado.

Sin embargo, encontramos otras historias más agradables. Por ejemplo, algunos abuelos que no dejaron de soñar, sino que llenos de entusiasmo continúan haciendo realidad proyectos y anhelos que abandonaron en su juventud o que surgieron en esta nueva etapa de vida. 

También están aquellos que tienen la oportunidad de elegir ser parte del proceso de desarrollo de sus nietos y lo hacen con amor y paciencia. A veces los cuidan mientras los padres trabajan. De esta manera, los niños están más tiempo en casa que en las guarderías.

El impacto que tienen las generaciones anteriores en nosotros es tal que aprendemos a preservar aquellos valores que son compatibles con nuestra fe. En mi caso, a pesar de que no conviví con mis abuelos, he aprendido del ejemplo que dejaron y lo que sé de ellos me ayuda a direccionar mi vida hacia un camino diferente. 

Es triste que mis abuelos no hayan vivido una relación cercana con Jesús. Mi abuela Josefina aceptó a Cristo al final de sus días, poco antes de morir. A mi abuela Lidia no sé si alguien le habló de Jesús, mientras que el papá de mi mamá solo conoció una religión. 

Si nuestros abuelos aún no conocen el amor de Cristo, sigamos orando por ellos para que experimenten una verdadera amistad con Él. Cuidémoslos, amémoslos y disfrutemos cuando nos cuenten sus anécdotas, aunque sean las mismas de siempre. Valoremos el tiempo con ellos y aprendamos todo lo bueno que tienen para enseñarnos.


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