Dios es más grande que un gigante

Señora, o es usted mentirosa o esto es un milagro...

Por Socorro Elizarrarás Villa

Era 1988. Una mañana a la hora del desayuno, mi hijo Rembrandt, que entonces tenía once años, me enseñó sus tenis y me dijo:

―Mira mamá, mis tenis ya se acabaron.  ¿Me podrás comprar unos nuevos?

―¿A quién le pedimos, a Dios o a tu papá? ―le pregunté.

―A Dios mamá. Por favor pídele a Dios por eso.

Nos pusimos a orar.

Esa misma noche, tocaron a la puerta. Era Miguel Sanabria, un amigo de mi esposo. Me entregó unos tenis y dijo:

―Aquí tiene. A ver a quién de los muchachos les queda.

Llamé a Rembrandt y le enseñé los tenis.

―¡Mira, hijo, Dios nos contestó! Aquí están tus tenis. Pruébatelos para ver si te quedan.

Se los probó.

―¡Sí me quedaron! Son como los quería, acojinaditos. ¡Qué ricos!

―¿Qué tenemos que hacer?

―Dar gracias a Dios.

Estábamos hincándonos para orar cuando Daniel, que tenía ocho años, e Isaac, que contaba con cinco, interrumpieron:

―Mamá nos dejaron de tarea que lleváramos un mapa de la República Mexicana para mañana.

Como había una papelería en la misma cuadra en que vivíamos, le di a cada uno veinte centavos y se fueron contentos.

Rembrandt y yo nos concentramos en dar gracias a Dios por el gran milagro que habíamos experimentado. Al abrir los ojos, vi a través del cristal de la ventana a mi vecina, que cargaba a Isaac, y a su novio quien traía a Daniel.

―¿Qué pasó? ―les pregunté.

―Estábamos mi novio y yo en la esquina esperando el autobús. Vimos que los niños se cruzaron bien, pero un coche se vino en reversa y los aventó. Todos empezamos a gritar.  El chofer se fugó, pero aquí está la placa. Al chiquito le pasó dos veces sobre sus piernas.

―¡Gracias! Por favor póngalo ahí en el sillón.

La señorita y su novio salieron de casa. Dirigiéndome a Isaac le dije:

―No te pudo haber pasado nada porque Rembrandt y yo estábamos en la presencia de Dios.

Descubrí su pierna y efectivamente se veían las marcas del carro. Las llantas dejaron su sello. 

―Fíjate bien, sube y baja la pierna.

Él lo hizo y gritó:

―Mamá, ¿Dios es más grande que un gigante?

―Sí. Vamos a comprobarlo.

A Daniel le puse una venda sujetando su rodilla izquierda que parecía dislocada.

―Vamos al IMSS ―los apuré.

Fuimos a la clínica 68 en la vía Morelos a urgencias. Al entrar vimos saturada la sala.

―Señorita ―le dije a la recepcionista― yo no tengo IMSS pero sé que por orden del presidente se deben atender todas las urgencias.

Le platiqué lo que le había pasado a mis hijos y ella muy amablemente nos pasó con el doctor. Les sacaron rayos X y él las miró atentamente.

―Señora, o es usted mentirosa o esto es un milagro. Sus hijos no tienen nada.

―¡Es un milagro de Dios!―le aseguré.

Agradecidos, mis hijos y yo regresamos a casa sabiendo que Dios es más grande que un gigante.  

Al día de hoy todavía lloro y tiemblo al recordar. Sí, Dios escucha y contesta.


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