La bendición de tener una madre intencional e intensa

Foto por Gilberto López

Una historia real de maternidad cristiana

Por Marco Ramos

Me encontraba en el Hospital Militar de la Ciudad de México, junto con mi hermano Francisco, el segundo de mis seis hermanos. Él había llegado ese mismo día de la ciudad de Monterrey, donde estudiaba. 

Nos quedamos de guardia esa noche para seguir al pendiente de nuestra mamá, quien ya tenía cuatro días internada. Ella había padecido múltiples enfermedades que habían mermado y deteriorado visiblemente su cuerpo y sus órganos en los últimos meses. 

Tuve la oportunidad de ingresar unos minutos para verla y estar con ella. Supuse que no estaba despierta, o al menos que era imposible que lo estuviera. Estaba intubada, rodeada de monitores y aparatos médicos. Lo único que logré hacer (por el estado de shock en mis cabales) fue arrodillarme a los pies de su cama y elevar una pequeña oración sin saber qué ni cómo pedir. 

Unas horas más tarde, cerca de la medianoche, aproveché la quietud que había en el hospital para ir a caminar, para estirar un poco las piernas y despejar la mente, tratando de evadir los pensamientos continuos sobre eso que nunca deseas que le suceda a tu mamá, por lo menos, no cuando tienes dieciocho años y tu hermano menor sólo doce. 

Recuerdo irme deslizando por los pasillos, por los pisos pulcros y encerados del hospital, como si estuviera patinando. Llegué de nuevo a la sala de espera donde estaba mi hermano. Al ver la tristeza de su rostro y de sus ojos, no hubo necesidad de que me dijera nada, supe que mi mamá ya había partido.

Nos abrazamos. Escuchaba mi voz mezclada con un llanto profundo. Él, tomando su papel de hermano mayor, trató de consolarme con algunas palabras de esperanza y consuelo, palabras que difícilmente razoné por causa de la tristeza y la angustia que sentía en mi espíritu. 

Pero de manera incomprensible esa tristeza vino acompañada de una inexplicable y profunda paz. Un abrazo mucho mayor que el de mi hermano se extendió cubriéndome con unos brazos tan enormes como tiernos: los brazos del Padre eterno. 

Mi madre murió a los cuarenta y ocho años. Desde que tenía diez años sabía que su salud no era óptima, pues en ese tiempo tuvo que ser operada para que le pusieran una válvula en el corazón. Sus cicatrices siempre estaban visibles pues subían casi hasta donde empezaba su cuello. 

En las pláticas familiares, nuestros padres siempre nos habían contado que, desde que se comprometieron en matrimonio, los doctores les advirtieron que por la condición de salud de mi madre no era muy probable ni factible que tuvieran hijos. Aun así, decidieron casarse. Contra toda probabilidad y pronóstico, tuvieron seis hijos: cuatro varones y dos niñas. En definitiva, Dios es el que tiene la última palabra y soberanía sobre todas las cosas. 

Creo que, debido a la condición de salud de mi madre, ella se tomó muy en serio la vida y la crianza de sus hijos. Tuvo que encargarse de todo lo que sucedía en casa ya que mi padre era un oficial militar y viajaba fuera de la ciudad por meses, así que solo lo veíamos tres o cuatro veces al año por algunas semanas. 

Mi madre sacó fortaleza en medio de su fragilidad física. Siempre se mostró firme en sus decisiones y reglas, difícilmente negociaba los principios que creía elementales. Yo admiraba su integridad y fuerza de carácter, que contrastaba con su apariencia ya que era una mujer muy delgada. Pero lo que más le caracterizó fue su temor y reverencia a Dios. 

Las circunstancias la orillaron a confiar por completo en Dios y a depositar su fe y a sus hijos en su totalidad a Él. Tal vez, en su interior, Dios le había hecho saber que no tendría mucho tiempo, así que tuvo que ser muy intencional e intensa. Así la recuerdo: sin medias tintas. 

Ahora que soy padre de cuatro hijos, les platico sobre su abuela. Les transmito la gran admiración, respeto y amor que tengo por ella. Gran parte de lo que soy, mi carácter y forma de ser, es gracias a la gran influencia que ella tuvo sobre mí en esta breve pero intensa relación. De hecho, tanto mi padre como mis hermanos me han dicho en varias ocasiones que actúo como ella. 

Qué importante es trascender, impactar e influenciar de manera real y tangible a nuestros hijos y a las nuevas generaciones. Cuando uno es intencional e intenso se deja un legado permanente y eterno.

Mi madre me dejó como herencia una «fe no fingida», como se expresa el apóstol Pablo de la fe de la madre y la abuela de su discípulo Timoteo. Yo también tengo el mismo reto y lo acepto con intención e intensidad. 

Me faltó tiempo y entendimiento para decirle a Guadalupe, mejor conocida toda su vida como Lupita, lo mucho que la admiré, amé y aprendí de ella. Tengo una gran esperanza de que en medio de la eternidad se me conceda un tiempo para decírselo. 

***

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