Dios, proveedor seguro

Foto por Sara Trejo

Compruébalo 

Por Sara Trejo de Hernández

Momento de prueba

El piso de la cocina de una de nuestras vecinas se hundió, y en el proceso de hacer las reparaciones descubrimos que ninguna de las 4 casas de nuestro condominio estaba conectada al drenaje. La reparación podría ser muy costosa ya que era necesario levantar todo el piso del patio y reconectar las tuberías casa por casa.  

Empezamos a preocuparnos al escuchar las cantidades que nuestros vecinos estaban pagando.  A pesar de que teníamos algunos ahorros, temíamos que ese dinero no fuera suficiente. Por esa razón, apretamos nuestros gastos todo lo que pudimos. No gastábamos más que en lo imprescindible.

Mi esposo y yo orábamos cada día, pidiendo a Dios que nos supliera para este imprevisto. Muchos de nuestros amigos también estaban orando. Sin embargo, tengo que confesar que, a la vez que quería poner mi fe en el Señor, quien siempre ha provisto, en ocasiones la ansiedad me inundaba.  

Repetía con frecuencia Isaías 26:3 para tener la paz que necesitaba: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado», pero las cosas empezaban a complicarse. 

Por esa misma temporada estaba ahorrando para asistir a un evento de escritores y ahora me encontraba en el dilema de si usar ese dinero para el evento o guardarlo para las reparaciones. Me preocupaba no tomar una decisión sabia. 

Desde que supe de esa conferencia oré al Señor para saber si asistir o no. Él me confirmó, con la beca que me otorgaron, que debía ir. Así que por pura fe di el dinero para el evento. 

Así estuvimos casi tres meses. Íbamos pagando lo que nos iban reparando, pero lo malo de una compostura es que siempre salen cosas que no se habían contemplado. Cada una de ellas  implicaba un nuevo susto. «¡Ahora en cuánto nos va a salir eso! ¿Lo podremos pagar? ¿A quién podemos pedirle prestado?» 

Entonces detenía mi mente y me recordaba que aún no tenía que pensar en el plan B. Dios nos sostenía, pero era difícil confiar en su plena provisión. Vez tras vez nuestra fe y paz eran probadas, pero siempre volvíamos a la oración. 

Dios lo soluciona

Por fin llegamos al último trabajo que debíamos pagar. Eran treinta mil pesos. Con dudas y temor entré a nuestra cuenta de ahorro y teníamos la cantidad exacta que necesitábamos. No tuvimos que pedir prestado. Dios suplió para cada pago. 

Cuando hice las cuentas de todo lo que habíamos gastado la suma me dejó sin aliento. Fueron ciento ocho mil pesos y no supimos de dónde había salido tanto dinero.

A pesar de la preocupación y las dudas, Dios se encargó de cada una de nuestras necesidades, como siempre lo ha hecho. 

Otras muestras de su provisión

Recuerdo al principio de nuestro matrimonio, cuando nuestros hijos eran pequeños, mi esposo se quedó sin trabajo y el dinero de la liquidación sólo alcanzaba para comida y servicios. Nuestros dos hijos usaban zapatos ortopédicos y ya necesitaban cambiarlos, pero no teníamos dinero. 

Unos amigos que sabían de la situación llegaron a casa y nos dieron un sobre. En él había la cantidad exacta para los zapatos de nuestros pequeños.

En otra ocasión se descompuso la computadora del automóvil, de repente teníamos que desembolsar veinticinco mil pesos que no teníamos. ¿De dónde saldría esa cantidad? Orábamos por eso cuando me acordé de nuestro ahorro. Gracias a Dios allí teníamos el dinero para hacer ese pago. 

Y una provisión extraña sucedió cuando tuvimos unas goteras en nuestra recámara. No teníamos dinero para pagar la impermeabilización y ya habían llegado las lluvias. En esos días el Popocatépetl exhaló mucha ceniza, de manera que llegó hasta nuestra casa en la Ciudad de México. 

La lluvia cayó sobre la ceniza y cerró el hoyo por donde entraba el agua a la recámara. No gastamos ni un centavo y esa reparación nos duró toda la temporada de lluvias. 

A pesar de las preocupaciones que cada prueba ha traído, nunca dejo de sorprenderme de la bondad y fidelidad del Señor. Su atinada intervención siempre termina disipando todas mis dudas y afanes. 

Es verdad que nuestra fe seguirá siendo desafiada, pero tengo muchas pruebas de que mi amado Padre es un proveedor seguro. Confío en que nunca se dormirá el que me guarda porque de Él siempre vendrá mi socorro (Salmo 121). 


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