De la depresión funcional a la vida abundante

Foto por Andrea Hernández

Rescate del reino de la oscuridad

Por Silvia Umaña

Desde muy pequeña mis padres siempre me cuidaron demasiado. Mi madre quería evitar que me volviera vanidosa, por lo que de niña me enseñó una rima que debía recitar cada vez que alguien elogiaba mi apariencia: «Yo no soy bonita ni lo quiero ser, porque las bonitas se echan a perder». 

Una niña refugiada en los libros

Fui creciendo como una niñita tímida a lado de dos hermanos muy sociables. Sin embargo, encontré un lugar seguro en los libros. Aprendí a leer a temprana edad y pronto me convertí en una ávida lectora. Me encantaba tomar la Biblia infantil que mis padres nos leían por las noches y sumergirme en sus historias e ilustraciones. 

Más tarde, cuando tenía 8 años, después de escuchar un mensaje evangelístico en la escuela dominical, pasé al frente y le pedí a Jesús que entrara a mi corazón. Desde entonces comencé a orar sola, no únicamente con mis padres. Además, ¡comencé a cantar! Cantaba todo el tiempo y mi repertorio de alabanzas aumentaba cada día, pues memorizaba con facilidad hasta los himnos más solemnes. El canto se volvió otro refugio para mí.

Al mismo tiempo, mi amor por los libros fue creciendo, influenciada por mi abuelo materno, quien tenía una biblioteca enorme con una amplia sección infantil. Mis lecturas eran los clásicos de todos los tiempos y admiraba a las heroínas tímidas, nobles y sacrificadas. Mi idea de vacaciones era tener suficientes libros y un lugar agradable dónde leer, a menudo bajo la sombra de los árboles en casa de mis abuelos. 

En la adolescencia me involucré mucho en el grupo de jóvenes de mi iglesia. Todavía enfrentaba inseguridades y temores, pero encontré una forma de manejarlos a través del servicio y la alabanza. Desde los 14 años serví como maestra de escuela dominical de niños, lo que me ayudó a desafiar mi timidez. 

Más adelante, inicié estudios universitarios en pedagogía y soñaba con usar el don de la enseñanza para la gloria de Dios. Además de ser maestra, estaba muy activa en el grupo de jóvenes, colaboraba en campamentos cristianos y cantaba. A pesar de la sobreprotección de mis padres, y la timidez e inseguridad que en algún momento me caracterizaron, todo parecía marchar bien ¿o no?

Encadenada por las mentiras

Al convertirme en adulta, comenzó una espiral descendente. Una sucesión de amistades y un par de relaciones sentimentales abusivas y controladoras. Era muy ingenua y por lo tanto vulnerable frente al engaño y la manipulación. 

Me era difícil establecer límites y carecía de discernimiento para reconocer los patrones dañinos que iban erosionando cada vez más mi autoestima y causándome terribles heridas emocionales.

Cada mentira que creía sobre mí misma y sobre Dios era un eslabón más en una larga cadena que me ataba. La mayor mentira de todas era que no podía hablar con nadie de lo que me estaba sucediendo. En esa época ni los libros ni el canto me servían de refugio. 

Caí en lo que los psicólogos llaman «depresión funcional» pues la disimulaba con productividad, servicio a Dios y un marcado perfeccionismo.

Oraba mucho por los demás, por mis alumnos, por mis acampantes, por mi familia, pero sentía que no tenía caso orar por mí misma. Eso de la vida abundante seguramente era para otros, yo era un «caso perdido».

Tuve momentos en los que trataba con todas mis fuerzas de superar la tristeza, pero mis métodos probaban ser inútiles. Leía libros de autoayuda, me esforzaba por ser la mejor profesional y me mudaba de ciudad cada tanto tiempo intentando empezar de nuevo. 

Llegué a tomar medicamentos para la depresión, recetados por un psiquiatra. En esa época me uní a un coro cristiano, pero al llegar a casa el canto se acababa y las lágrimas volvían. En las noches más oscuras revoloteaba sobre mí la idea de terminar con mi vida. 

El momento de la rendición

Un día, tras vivir una nueva crisis relacional, dejé de intentar salir a flote por mí misma y me rendí. Entre lágrimas le dije a Dios que por favor me mostrara qué hacer y le entregué nuevamente cada pedacito de mi ser. Fue entonces que las cosas al fin comenzaron a cambiar.

Un sábado decidí asistir a la reunión de oración de las 5 de la mañana en mi iglesia. A esa hora se congregaban los intercesores, personas que oraban por las necesidades de muchos. Desde esa primera vez me sentí rodeada de amor. Un par de señoras, que también eran consejeras, me preguntaron si había algo por lo que necesitaba que oraran. No di detalles, pero les hablé de mi lucha con la depresión. 

Además de orar conmigo y por mí, me compartieron versículos liberadores que yo debía creer y confesar para sustituir cada mentira que había creído a lo largo de mi vida. 

Libre para vivir, libre para servir

Aprendí que mi relación más importante es con Dios y su Palabra. Ahora, él me ha enseñado a cultivar relaciones saludables. Fue un proceso largo, pero poco a poco fui conociendo la verdad y experimentando cómo ésta me hizo libre.

Ahora yo misma soy intercesora y puedo reconocer a personas que andan encadenadas y que han caído en las mismas mentiras del enemigo. Dios me ha permitido brindar acompañamiento a algunas de ellas en su camino hacia la libertad.

¿Y cómo sé que soy libre? ¡Porque soy feliz! La vida en abundancia es una realidad, pero implica rendir a Dios cada parte de ti. Sé que mis padres no fueron perfectos pero también entiendo que todo lo hicieron con amor, y sus errores Dios los usó para mi bien. 

Soy hija amada de mi Padre celestial. Mi identidad está firme en Jesús y por eso ya no lucho con la inseguridad. En mi edad madura me siento más bella que nunca. Ahora le sirvo y le canto no por ganar aprobación sino porque Él ha redimido cada parte de mi historia.


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