¡Puedes llegar si te atreves a creer!

Foto por Juan Carlos Caballero Márquez

Inspirada en el libro de Apocalipsis y en la canción Sueños del grupo Un Corazón.

Por Yaribel García Miranda

I

Ella solo miraba a lo lejos la gran fila que se había formado. Era incontable, pero avanzaba muy rápido. Desde adentro gritaban que ya no había tiempo, que la fiesta iba a comenzar. La música versátil repiqueteaba sin parar.

Los gritos y las sonrisas hacían eco en el lugar. El estrecho camino conducía a la gran mansión con paredes de oro, acabados de piedra de jaspe y cornalina. ¡La fiesta estaba por comenzar!

No destacaba ninguna condición social, se podía distinguir desde la bella dama de «sociedad» hasta las familias de zapatos desgastados. Sin embargo, algo llamó su atención: a la entrada, sin excepción, les proporcionaban una prenda de diferentes colores con doce piedras preciosas, zapatos nuevos y un anillo.

Ella seguía ahí sentada, en el rincón de siempre, estirando la mano para que la pudieran ver y ayudar. Las llagas infectadas en su espalda producían dolor y expedían un mal olor.

Llegó a su mente que la gente abría camino cuando con un bastón improvisado pasaba junto a ellos; algunos expresaban compasión, otros la miraban de reojo con desprecio y seguían de largo, unos más no disimulaban taparse la nariz a su paso.

Rechazo y Desprecio eran sus acompañantes eternos, no los podía dejar. Sentía compasión por ellos y no los soltaba. Ya habían crecido lo suficiente como para que los dejara ir, pero no podía, se aferraba a ellos. Creía que debía protegerlos por los muchos años que la habían acompañado. Aunque le limpiaban las heridas, en sus momentos de ira y egoísmo las volvían a abrir e infectar.

Sumida en sus pensamientos no se percató de que un pequeño jalaba de la mano a su mamá y con una gran sonrisa le decía: 

—¡Mami, vamos por ella, que no se pierda la fiesta! Todos podemos entrar, a lo lejos se puede ver que aún hay mesas vacías, aún hay lugar para ella, invítala, diles en la entrada que es tu amiga.

Mamá tenía un reflejo luminoso en su cara, estaba impactada, no dejaba de llorar y sonreír, como si hubiera llegado al lugar soñado y anhelado por muchos años.

II

La fila interminable avanzaba. El tiempo para entrar se agotaba. Mamá se acercó a Ella y la tomó cuidadosamente por la cintura.

Ella se quejó, el dolor la hacía resistirse, la ropa rozaba sus llagas y producía malestar. Se sentía sucia y avergonzada; no quería que nadie la tocara. Las lágrimas humedecieron su rostro agrietado y lleno de tierra, el rebozo negro desgastado cubría su cabello cano. ¿Cuánto tiempo había pasado para que alguien se fijara en ella?

Como pudo alcanzó a tomar su bastón. Rechazo y Desprecio la veían con ojos suplicantes de que no los dejara, pero Ella no tenía el control. Un aviso del Rey advertía que algunos no habían querido entrar a la fiesta, que los invitados salieran y los forzaran a ingresar. El objetivo: ir por todos los que estuvieran alrededor.

El pequeño tenía razón, Ella sería la amiga de Mamá. Como pudieron la incorporaron y buscaron agregarla a la fila.

Ella no se dejaba convencer, decía que con esos harapos viejos no la dejarían entrar, lloraba e insistía que no era merecedora de ese lugar. La mamá la convenció argumentando que en realidad nadie debería entrar, pero que podría estar si se atrevía a creer.

Mientras avanzaban, Mamá compartió la historia del hijo del Rey, quien salió de la gran mansión y vivió entre el pueblo. Enfatizó que los suyos lo desconocieron y se burlaron de él. Sufrió humillación, lo encarcelaron y lo mataron. Sin embargo, en tres días, cobró nueva vida, nuevas fuerzas y tuvo el poder y la fuerza de volver al palacio y pedir a su padre que preparara una fiesta para todos los que creyeron en él. 

Mamá insistió: 

—Si crees en él, puedes llegar, puedes entrar.

Ella la miró fijamente y preguntó: 

—¿Sólo por creer, puedo entrar? 

—Sólo si crees puedes ingresar —afirmó Mamá, y añadió— y sabes… el Rey te está esperando, ha preparado un gran banquete en tu honor.

— ¿Yo? Pero el Rey ni siquiera me conoce, ¿cómo puedo estar contemplada? 

Mamá intervino:

—Te conoce más de lo que imaginas.

III

A medida que avanzaban en la fila, Mamá continuaba con la historia del hijo del Rey. Ella se impactaba más y más al conocer de él. No dejaba de llorar y emocionarse por los relatos de su nueva amiga.

Sin darse cuenta, Ella se sentía cada vez más segura. De hecho, se estaba recuperando, sólo seguía cojeando ya que el más chico de sus pies le afectaba al caminar. Siempre la había avergonzado.

El pequeño no dejaba de jugar alrededor de ellas. Al llegar al umbral de la puerta, se les acercaron un hombre y una mujer. Con una cálida bienvenida y una gran sonrisa preguntaron sus tallas. De un cajón sacaron un vestido color amarillo, llamado por ellos Shikinah; bordado al frente con jaspe, zafiro, ágata, esmeralda, ónice, cornalina, crisólito, berilo, topacio, crisoprasa, jacinto y amatista. 

Ella estaba impactada. En su vida jamás había visto tanto brillo. Enseguida el chico que las recibió le acercó unos bellos zapatos abiertos de enfrente y con un diamante color ámbar encima. A medida que avanzaban en la fila recibían diversos tratamientos de piel y cara de tal manera que cuando llegaron a recibir sus aditamentos estaban deslumbrantes.

Finalmente les dieron un anillo con doce piedras preciosas, parecidas a las del vestido y las condujeron con amabilidad por el estrecho camino. Al entrar al lugar las acomodaron en una interminable mesa larga. A lo lejos creyó ver una cara familiar, parecida a la bisabuela que tanto había intentado hablarle del Rey cuando era joven, pero a la que nunca prestó atención. 

Ella buscaba un rincón para estar más alejada de las personas, no quería interactuar, pero quedó casi en medio. De hecho, no había manera de arrinconarse, las mesillas estaban conectadas de tal manera que era imposible pasar desapercibido.

La alegría permeaba el lugar y la cara de Ella irradiaba felicidad. Pero aún sentía cierta nostalgia por Rechazo y Desprecio, sus inseparables «amigos». 

Trataba por todos los medios de esconder su pierna desfigurada, quería caminar sin necesidad de tener un bastón, pero en la entrada habían notado su discapacidad y le entregaron uno para apoyarse mejor. 

Descansó cuando la dirigieron a su lugar, pues aunque experimentó una transformación, seguía cojeando. A pesar de sentirse más ligera, volvía a recordar cuando se acariciaba su pesarosa pierna y tocaba sus llagas infectadas.

Al sentarse atendió a la letra de la estridente canción:

«Todos a la mesa, nadie queda fuera, ya no hay tiempo que perder.

Esta es la promesa: Gracia y Vida eterna, ya no hay nada que temer…

Dicen que el Rey quiere verte, hay un lugar preparado para ti».

No dejaba de llorar, apenas pareciera unos minutos suplicaba por monedas para pan, pero ahora, miles de platillos estaban frente a sus ojos. En el centro de la mesa había un banquete con todos los estilos culinarios, agua cristalina, vino, uvas enormes y el olor de la carne pululaba por el aire.

Todos iban de un lugar a otro, la mayoría corría a abrazar a sus conocidos, como si no se hubieran visto en miles de años, las lágrimas eran enjugadas, ya no se separarían más. Por más que ella buscaba a algún familiar no lograba su cometido. Seguía impactada por el momento. 

De la nada, vio frente a ella a la bisabuela, su rostro irradiaba luz por eso no lograba identificarla. Se acercó y le dijo al oído: «¡Bienvenida! No sabes que gusto me da encontrarte aquí». Ella se abalanzó a su cuello, la llenó de besos y se sintió muy feliz. Juntas llenaron su plato de oro con las delicias del lugar. Tomaron agua y vino sin parar.

IV

Intempestivamente, un sonido como de trompeta las sacó de su distracción; la música dejó de tocar. Una voz aguda y melodiosa anunció la entrada del anfitrión principal: 

«Al Alfa y Omega, al principio y fin, al que es digno de recibir honor y gloria, al Rey de Reyes y Señor de Señores».

El sonido del shofar anunció la entrada triunfal, el Rey deslumbrante caminó hacia el gran trono. Ella no lo alcanzaba a distinguir pues brillaba más que los diamantes que portaba su vestido. 

Con una estruendosa voz, el Rey decretó:

— Estamos muy gozoso de recibirlos. Hemos preparado el mejor banquete para ustedes, reconocemos su valor y todos los obstáculos superados; nos alegra celebrar que no desistieron de su fe. ¡Que comience la fiesta! 

Tomemos la copa y el pan y dispongámonos a compartirlo. 

Al término, un grito de alegría produjo las ovaciones y los aplausos interminables. El Rey gritaba de la emoción:

—¡Han vencido!

Las arpas, los tamboriles, el audio, las luces, los coros entonaban cantos sin parar. La fiesta  empezó, había mucho que festejar.

Ella lloraba de la emoción, no podía creer que se iba a perder de esta gran fiesta, volvió a escuchar la voz de Mamá: 

—¡Puedes llegar si te atreves a creer! 

Sólo debía creer. 

El Rey bajó de su trono, abrazó y ovacionó a cada uno, algunos recibieron reconocimientos y otros, coronas.

Cuando llegó el turno de Ella, avergonzada intentó esconder su pierna y el bastón que la sostenía, pero el Rey la miró a los ojos. Con una dulce y penetrante voz la llamó por su nombre y le dijo:

—¡Bienvenida, hija mía! 

Enjugó sus lágrimas, la abrazó y con dulce voz agregó:

—Aquí no hay más tristeza, vergüenza ni dolor. Disfruta de este gran banquete preparado especialmente para ti.

Los aplausos y las ovaciones continuaron por la eternidad. 

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