Susi y el árbol

Foto por Leonardo Israel González Sánchez

Contempla la relación íntima entre una madre y su bebé.

Por Milenys Narváez Lamar

Ella no escucha razones, se cree única en el universo y nadie la convencerá de esperar.

Sin un solo diente y con las manos empuñadas, Susi abre la boca con la intención de ser escuchada por todos. Su discurso suena berrinchudo, pero es la única alternativa frente a su urgencia. Ella no escucha razones, se cree única en el universo y nadie la convencerá de esperar. 

Su madre le habla, pero es ignorada por completo. Toma a Susi en sus brazos y la mece entonando un arrurú en vano. Entonces recuerda qué es lo que la calma: ver el árbol de mango junto a la ventana. 

Con ciento treinta y dos días de vida, sesenta y cuatro centímetros y cachetes rosados, esponjosos, Susi experimenta una paz traducida en su silencio inmediato. Observa al árbol; él la ha esperado como todas las mañanas. Sus  cogollos brillantes, gracias a la lluvia, son iluminados con el sol.

Mientras su madre toma sus manitas recién descubiertas, los ojos de la chiquilla disfrutan el baile que las hojas han preparado para ella. Susi suelta carcajadas moviendo sus brazos y piernas sin coordinación, ¡es una fiesta! 

Al encuentro, se une la brisa besando su frente. El mango no ha echado flores, pero es visitado de vez en cuando por pajaritos y mariposas.  

La madre le susurra al oído que el mango es la fruta preferida de su padre. Le cuenta que una mañana regando el toronjil, descubrió que germinaba el diminuto árbol y le confiesa que no le echa agua todos los días.   

«¿Sabes, hija?», la voz materna se inunda de un sentimiento difícil de describir. «Eres como un árbol. Fuiste sembrada en mi vientre por el Padre celestial, Él te cuida y sustenta para que dés buen fruto». Susi no entiende, pero el corazón de mamá guarda la esperanza de que un día lo haga y eleva su vista al cielo rogando sin palabras.  

Mirando la despoblada cabeza de su hija y sus ojos entreabiertos, la progenitora se convence de que Susi está calmada. Ahora podrá ir a preparar el desayuno. Al darse la vuelta, regresa el llanto. La pequeña estira sus labios rápidamente, dejando ver su diminuta encía y su lengua redondita. 

«Susi, mi niña, ¡aquí está mamá!», le asegura. 

Al ignorarla de nuevo, la mujercita intensifica su llanto. Esta vez la madre no va a la ventana sino que se sienta en la mecedora, la acerca a su pecho y las dos experimentan un momento sublime. 

El árbol mira a Susi desde lejos y parece sonreír.

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¡Puedes llegar si te atreves a creer!