El fruto de la esperanza 

Foto por Sergio Mendoza

Todo había cambiado, empezando por el hombre que conquistó su corazón

Por Nicolás Hernández

Lo conoció en una fría noche de abril. La luna y el sol fueron las promesas que conquistaron su corazón. Todo lo que él hacía le parecía perfecto y digno de imitar. Sin darse cuenta, volvió a creer en el amor.

Claudia, una joven e inteligente mujer que había vivido una dolorosa ruptura con su primer pareja, se sentía desolada y sin salida aparente. De esa relación, tenía dos hijos, de uno y cuatro años. En la jardinería, repostería y otras actividades, los de alrededor la aplaudían, al ver su esfuerzo y creatividad. En ese entorno lo conoció como el hombre que cambiaría su vida.

Bastaron solo algunos meses para que las drogas, el alcohol y la desesperanza apagaran su sueño de una vida feliz. Cayó en una profunda depresión. Ante sus ojos todo era oscuro, triste y negativo. Claudia se vio rodeada de cansancio, ansiedad, hambre y pobreza. 

Todo había cambiado, empezando por el hombre que conquistó su corazón. Al principio fueron chasquidos de dedos, gritos y palabras ásperas, que con el tiempo se convirtieron en golpes. Estaba ahogada en una relación que no podía dejar. Nadie creía lo que ella narraba sobre cómo actuaba este hombre; no había nadie a quien confiar su verdad. 

Después de haber sido un príncipe azul, su presencia se convirtió en algo doloroso y dañino. Se sentía constantemente menoscabada por su esposo. Pero a pesar de todo, justificaba su actuar y permanecía en la relación por respeto al compromiso que tenía con él. 

Un día cuando él llegó ebrio tras una noche de fiestas, todo llegó a su fin. Él quiso hacer lo mismo de siempre, pero ella no soportó más. Se defendió con lo que tenía a la mano y al día siguiente comenzó las acciones legales para alejarse de él. 

Ya era otoño. Después de que Claudia viviera una larga desilusión, brotó una esperanza en su vida. Recordó las palabras sobre Jesús que había escuchado de su familia, pero esta vez en lugar de resistirlas como antes, permitió que entraran a su corazón, donde dieron abundante fruto. 

Los árboles en otoño pierden sus hojas y se secan, al punto en que parece que no brotará nada más de ellos, pero con el tiempo se muestran hermosos, coloridos y fuertes. Así también Claudia se levantó y comenzó a  resplandecer como una hija de Dios. Él la acogió como su amada y la guió por el camino hasta la cruz, donde le hizo ver lo valiosa que es como persona. 

Su nuevo amor cambió el miedo y la tristeza en gozo y por fin comprendió que no hay barrera imposible de superar ni herida tan profunda que Jesucristo no pueda sanar. Por Él, volvió a sonreír y hoy puede iluminar con su carisma a los que la rodean.

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