Los últimos días de mi papi

Una noche que me quedé con él, viví un milagro

Por Tere Guerrero

Mi papá, Ricardo, siempre fue de mente muy abierta. Le gustaba escuchar y analizar todo tipo de doctrina espiritual. Pero no fue hasta dos años antes de morir que tuvo un encuentro con Jesucristo, quien cambió su vida de manera radical.

Su salud estaba muy mermada debido al alcoholismo, del cual fue presa gran parte de su vida. Le diagnosticaron cirrosis y empezó a tener mucho dolor físico.  

Lo llevamos a diferentes doctores, pero no nos daban un diagnóstico completo. Finalmente lo internamos en el IMSS, donde le hicieron los análisis pertinentes. La noticia fue devastadora; cáncer de páncreas en etapa terminal. 

En cuestión de dos o tres días cayó en un estado de letargo del cual ya no pudo salir, así que estaba inconsciente todo el tiempo. En sus momentos de lucidez, no entendía lo que pasaba y se arrancaba cuanto cable o manguera tuviera conectado a su cuerpo.

Toda la familia tuvimos que turnarnos para cuidarlo en el hospital. Una noche que me quedé con él, viví un milagro. Empecé a leerle en voz alta 2ª de Corintios 1:3-7 para consolarlo:

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación».

De repente, las letras de la Biblia estaban como en tercera dimensión, resaltadas con luz propia. Parecían tener vida propia. Se movían con un vaivén suave y majestuoso. 

Sentí la presencia de Dios de una manera impactante en esa triste y solitaria habitación. Lo que estaba leyendo en ese momento se hacía realidad. Estaba siendo consolada por nuestro intercesor y consolador.

No puedo decir cuánto tiempo transcurrió. No paraba de llorar, sentía una gran seguridad y confianza en lo que estaba leyendo. Mis lágrimas eran de agradecimiento pues Dios estaba consolando mi alma de manera personal.  

Estoy segura de que mi padre fue envuelto por el mismo milagro espiritual porque, aun estando inconsciente, lágrimas brotaban de sus ojos. 

Se sabe que el sentido del oído es el último en abandonar el cuerpo, así que tengo la certeza de que Dios le habló directamente para decirle que todo estaría bien. 

Imagino las más dulces y bellas palabras siendo susurradas en el oído de mi padre, Dios diciéndole que lo esperaba con los brazos abiertos y que su morada celestial ya estaba lista para recibirlo. 

Con esa tranquilidad entregué a mi papito terrenal con su Padre celestial. A los dos días él fue a casa con su Señor y Salvador.

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