¿Por qué a mí?

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La reacción inmediata cuando tenemos problemas serios es preguntar a Dios: ¿Por qué a mí?

Por Said Ramírez Sabag

Un hombre de corazón noble tenía todo lo que el ser humano puede desear. Disfrutaba de la compañía de una hermosa familia compuesta por su esposa y diez hijos entusiastas. Gozaba de todas las comodidades y lujos; había acumulado una gran riqueza desde valiosos e innumerables animales hasta propiedades que le ofrecían más esparcimiento del que necesitaba.

La relación con sus trabajadores era de lo mejor. Se había ganado la admiración y el respeto de todos por su alta sensibilidad humana. Por encima de toda esta prosperidad, su mayor satisfacción era la paz y tranquilidad obtenida de una relación cercana a Dios, lo que lo convertía en un personaje verdaderamente envidiable. Pero...

Drásticamente, de la noche a la mañana, el panorama cambió. Aún no había digerido una mala noticia cuando alguien se le acercaba a comunicarle de desgracias todavía peores. Este hombre recto, sin aparente razón perdió a sus diez hijos, así como toda la riqueza que poseía.

La enfermedad lo empezó a golpear duramente hasta prácticamente consumirlo. Lo único que le sobrevivió fue su esposa, quien lejos de darle consuelo, lo instaba a maldecir a Dios por haber permitido tanta aflicción a pesar de su vida ejemplar.

Imposible imaginar tragedias mayores. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, este hombre se contuvo de alejarse y maldecir a Dios. Permaneció fiel y respetuoso a su Creador y aun sin encontrar alguna explicación de lo sucedido, se dispuso a continuar su vida de servicio a Dios.

Este hombre se llamó Job. Su historia completa la encontramos en el libro que lleva su nombre y que forma parte del Antiguo Testamento de la Santa Biblia. Vivió hace aproximadamente 4 mil años. Desde entonces su experiencia ha servido para dar respuesta a una de las paradojas que ha producido interminables preguntas acerca del dolor humano.

Desde siempre, infinidad de veces, el hombre ha querido justificar su alejamiento de Dios argumentando que no es justo permitir que gente recta sufra gran dolor mientras los hombres indeseables prosperen. Pero en el estudio de Job encontramos el consuelo y la paz que tanto necesitamos en medio de la aflicción. El reconocido escritor Víctor Hugo se refirió a este libro como quizá “la obra maestra más grande de la mente humana”.

En Job, Dios compartió con nosotros cinco principios que nos ayudan en nuestra inquietud acerca del sufrimiento humano.

1) Todos estamos expuestos al dolor.

El dolor no es exclusivo de la gente mala. Hace poco me enteré de la muerte de una mujer activa, madre de cinco jóvenes quien se caracterizaba por su entusiasmo en los programas de la Iglesia. Como era joven y gozaba de buena salud, su fallecimiento sorprendió a todos; sus hijos fueron los más confundidos con respecto a la justicia de Dios.

El ejemplo de Job debe fortalecernos. Estar conscientes de que el dolor lo padecemos todos los humanos nos ayudará a salir adelante. Nadie está exento. Dios no promete evitarnos el sufrimiento, pero nos promete fortaleza en medio de la tribulación: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”, dice el Salmo 23.

2) No debemos preguntar a Dios por qué, sino para qué.

La reacción inmediata cuando tenemos problemas serios es preguntar a Dios: ¿Por qué a mí? Conozco a una pareja que hace tiempo recibió a su segundo hijo. Sin razón aparente, pues los padres llevan una vida sana y sin vicios, además de no haber antecedentes en sus familias, el pequeño nació con varios problemas congénitos. Con tristeza han visto que conforme pasa el tiempo florecen enfermedades poco comunes que han complicado todavía más su salud.

Mi esposa y yo nos hemos preguntado por qué Dios permite que ese niño esté así. Pero cuando cambiamos la pregunta a ¿para qué?, la actitud se transforma. La historia de Job nos enseña que Dios tiene sus designios y que no nos corresponde exigirle explicaciones, sino aprender de cada situación la enseñanza del Creador.

3) El sufrimiento no siempre es consecuencia del pecado.

Escuché a un consejero dirigirse a una señora de edad que se mostraba preocupada: “El problema de salud de su hija no va a resolverse hasta que no confiese algún pecado escondido que no ha querido reconocer”.

Con frecuencia nos culpamos de la enfermedad propia o de la de algún miembro de la familia, pero en el relato de Job se advierte que sus padecimientos no eran consecuencia de ningún pecado. El Señor Jesucristo confirmó esto cuando sus discípulos le preguntaron por la condición de un ciego:

“Señor, ¿quién pecó, este o sus padres para que haya nacido ciego?” A lo que Jesús contestó: “No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:3).

4) No somos nadie para cuestionar la soberanía de Dios.

Ante la muerte de su único hijo de doce años, una madre inconsolable se preguntaba una y otra vez: “¿Por qué, Dios mío? ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué a este niño inocente?”.

Sin duda alguna, el dolor causado por alguna grave enfermedad o por la muerte de algún ser querido nos empuja a declarar que Dios no existe o que si existe no es justo. Pero en el ejemplo de Job, después de meditar profundamente lo ocurrido, ante la interminable lista de preguntas que Dios le formula, este hombre se humilla y reconoce que no tiene el menor derecho a enjuiciar a Dios y su voluntad. Se siente arrepentido por haber cuestionado estos misterios divinos.

Menciona la Biblia en el libro de Job, una de las preguntas que más insignificante hace sentir al ser humano con respecto al Creador: “¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? El que disputa con Dios responda a esto”.

5) La fidelidad es recompensada grandemente.

La historia de Job tiene un final hermoso que nos enseña la forma en que Dios puede bendecir a sus hijos cuando permanecen fieles ante la prueba. Dice la Biblia:

“Y quitó Jehová la aflicción de Job... y bendijo Jehová el postrer estado más que el primero... y tuvo siete hijos y tres hijas... y no había mujeres tan hermosas como las hijas de Job en toda la tierra... Después de esto vivió Job 140 años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta la cuarta generación. Y murió Job viejo y lleno de días”.

Tenemos mucho que aprender del libro de Job. Sin embargo, en medio de la tribulación, quizá el mejor consuelo es recordar la promesa hermosa de que algún día, todos los que hemos hecho del Señor Jesucristo nuestro Señor y Salvador, viviremos eternamente en un lugar donde no existirá el sufrimiento. Dice el Apocalipsis:

“Y ya no habrá muerte ni habrá más llanto ni clamor ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”.

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