El pequeño José
Una historia de acogimiento familiar
Por Edith Hernández
El pequeño José llegó a un hospital a las primeras horas de haber nacido. Se encontraba visiblemente afectado por un nacimiento en condiciones no ideales e intoxicado por una sustancia que entró en su organismo. Fue abandonado por quien debió luchar por él.
Después de unos días, aunque su pronóstico de vida era corto, ingresó a una casa hogar del Estado.
Mientras tanto, mi familia y yo nos preparábamos para el invierno, temporada en la que buscamos oportunidades para servir a los desprotegidos. Desde pequeña aprendí de mi padre el servicio y la generosidad. Como aquella vez en que comíamos tortas de lomo y apareció un hombre en la puerta pidiendo dinero. Mi padre lo invitó a nuestra mesa a comer, sin importar su mal aspecto.
Esta y otras experiencias influenciaron mi vida, así que junto con mi esposo decidimos ser parte del acogimiento familiar. Nosotros deseábamos ayudar, pero ese invierno en particular esperábamos a una niña de mayor edad que pudiera valerse por sí misma, ya que no estábamos muy dispuestos a cambiar nuestra rutina.
Queríamos compartir nuestro hogar con quien lo necesitaba pero, si soy honesta, también queríamos proteger nuestra comodidad y no alterar nuestros horarios ni trabajos.
Sin embargo, nuestros planes cambiaron, no recibimos a una niña mayor y más independiente. A alguien de la institución se le ocurrió que sería una mejor idea darnos un bebé de diez meses. Así vino a habitar con nosotros un pequeño muy vulnerable y con un mal pronóstico de salud.
El día que fuimos a recogerlo, se sentía mucho frío, las hojas de los árboles se movían con fuerza y el sol brillaba, pero parecía no calentar. Subimos al carro con el pequeño José, sin imaginar que la vida de todos cambiaría por completo. A José le asustaban los rayos del sol y el movimiento de las hojas de los árboles. Dentro del cuarto en el que había estado, jamás recibió la luz del sol ni los cambios de clima.
Al llegar a casa, nos olvidamos de nuestra comodidad y nuestros planes frustrados, y los dones y el servicio de toda la familia se pusieron en acción. El amor crecía a cada momento. Alimentamos, abrazamos, cargamos y bañamos a José. Recibió estimulación temprana y constantes nebulizaciones, pues su sistema respiratorio estaba muy comprometido.
Desde el primer día, José empezó a reaccionar. El niño que no sonreía, no se movía y ni siquiera lloraba quedó atrás. El nuevo José era sonriente, ruidoso, le encantaba correr y jugar en el jardín. Aprendió a recibir amor y también a amar.
Los médicos especialistas que atendían a José notaron un cambio importante desde el primer mes y al poco tiempo lo dieron de alta, sin entender lo que había pasado. El diagnóstico anterior desapareció. José estaba completamente sano.
Varios meses después, recibimos la noticia de que había una familia para José. Lo adoptarían. La gratitud vino mezclada con sentimientos agridulces. Lloramos al saber que no estaríamos más con él, pero al mismo tiempo nos sentíamos muy agradecidos con Dios por los milagros que habíamos visto de su mano.
El momento se acercaba más rápido de lo que queríamos, así que preparamos a José para el cambio. Por medio de juegos, cuentos, pláticas y oraciones constantes. No puedo olvidar su rostro aquel día. Me mandaba besos con su manita y me regalaba una de sus sonrisas encantadoras.
Han pasado algunos años de esto y José sigue recibiendo amor y cuidado de su familia definitiva. Dios obró, no sólo en José, sino en cada miembro de nuestra familia. Nos sentimos muy agradecidos de haber sido un puente para José. Comprendimos que el amor de una familia, con todo el sacrificio que éste significa, siempre hará la diferencia.
El acogimiento es temporal, pero el amor es permanente.
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¿Sabías que hay bebés que han sido abandonados en lugares públicos como parques, terrenos baldíos u hospitales? ¿Sabías que hay niños que han sido separados de sus padres porque no han recibido el cuidado, el alimento, la limpieza y el amor que tanto necesitan?
Miles de niños en México esperan la oportunidad de crecer en un ambiente familiar donde puedan sanar, florecer y desarrollar todo su potencial. Tu familia puede ser ese lugar de esperanza y transformación.
Si te interesa dar el primer paso u obtener más información al respecto te recomendamos contactar con ABBA, una organización que brinda asesoría y acompañamiento. Puedes conocer más sobre su labor y los diferentes caminos disponibles en abbaadopcion.org.
Una historia de acogimiento familiar