Confiar a pesar de la pérdida

Foto por Philip Eager

Desde que recuerdo había tenido la ilusión de ser mamá

Por Tere Guerrero

Cuando me casé, esperaba quedar embarazada muy pronto. Sin embargo, el bebé tardó en llegar según mi apreciación. Cuando al fin quedé embarazada la felicidad en mi hogar era total. 

Las primeras revisiones ginecológicas mostraban todo en orden, pero en la semana doce, el doctor detectó una gran anomalía. El bebé no había crecido, tenía el tamaño de un embrión de tan sólo cinco semanas. 

Después de unos días de reposo, empezó un sangrado imparable que indicaba que algo estaba muy mal. 

Por instrucción del doctor llegó el radiólogo a mi casa y al hacerme un ultrasonido, la terrible noticia fue: «No hay latidos del corazón, este bebé está muerto». 

Al otro día a las 8 de la mañana, yo estaba en una fría e incómoda camilla esperando el quirófano. Iban a sacar a mi bebecito, por quien yo había orado por años. 

En las salas de parto junto a mí, oí el nacimiento de al menos tres niños sanos y fuertes. El dolor fue inenarrable. Este trágico momento sucedió el 28 de mayo de 1998. 

Mi marido y yo cumplimos con todos los protocolos de la cuarentena y al término de ésta, muy temerosos le preguntamos al doctor: ¿Qué sigue? ¿Cuáles deben ser nuestros cuidados? ¿Cuánto tiempo hay que esperar para buscar otro bebé?

Él con palabras simples y bondadosas nos dijo: «Hagan su vida normal, sin prisas, sean pacientes». Me instó a no buscar de manera frenética quedar embarazada de nuevo, sino dejar que las cosas se dieran de manera natural. 

Yo oraba a Dios pidiéndole que consolara mi corazón, que me quitara la impaciencia, que su amor fuera suficiente para mí, y así proseguí con mi vida lo más normal que pude, dadas las circunstancias. 

Tiempo después, cuando era la fecha de que llegara la menstruación resulta que nada de nada. Esperé un mes más. No quería hacerme ilusiones de otro bebé sólo de pensar en el dolor que me causaría otra pérdida. 

A los dos meses, por prudencia y con mucha incredulidad, me hice una prueba de embarazo en sangre y el resultado fue positivo. Sí, estaba embarazada de nuevo sin habérmelo propuesto, ya que habíamos acordado como matrimonio esperar los tiempos de Dios. 

Mi embarazo en términos generales fue normal y la fecha en que nació Alex, mi primogénito, es absolutamente increíble: el 28 de mayo de 1999 a las 8:05 de la mañana. ¡Exactamente un año después de mi gran pérdida! Ni un día más ni un día menos.

Ese día recibimos a un bebé sano de 52 centímetros y 3.87 kilogramos. Dios en su misericordia, amor y bondad estaba regalándome la dicha de ser madre en una fecha tan significativa.  

Hay un versículo que resume mi experiencia. Job 1:21 dice:

«Jehová dió y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito». 

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