¡No te ofendas!

¡No te ofendas.png

El reto de aprender a pasar por alto las ofensas

Por David Ovando 

Estaba bañándome, mientras regurgitaba mi discusión con mi esposa. ¿Te ha pasado? Esas veces que en tu mente sigues discutiendo, imaginando lo que debías de haber dicho, pero que no dijiste. Como si fuera escena de telenovela, cuando el personaje dice las palabras precisas, la frase exacta y certera que penetra la mente y el corazón de quien la escucha. Como si fuera una bola demoledora que quebranta a su contraparte dejándola sin recursos para revirar.

De pronto me di cuenta de lo que estaba sucediendo, no era la primera vez. La discusión me había dejado molesto. Las palabras y las actitudes que se manifestaron me habían herido lo suficiente como para querer un segundo round. En medio de mi enojo y frustración tuve un momento de claridad: Estoy hablando de mi esposa, mi amiga, mi compañera, la mamá de mis hijos, mi aliada, mi consejera, en quien tengo la oportunidad de confiar mis secretos, mis preocupaciones, mis angustias. No es un enemigo, no es una amenaza. Es alguien que está a mi favor. ¿Voy a dejar que esta molestia me aparte de ella? 

La verdad es que muchas veces nos sentimos tan agraviados por lo dicho, por lo no dicho, por el trato y por la actitud, que permitimos que genere distancia con la gente que amamos y que nos ama. Dejamos que un momento de disgusto oscurezca años de relación, que nos aleje de quien más nos conviene tener cerca. Pero es que a veces, entre más cerca está quien te lastima, más profunda es la herida. El reto es aprender a pasar por alto las ofensas.

Yo veo las ofensas como un bache en el camino. Si te das permiso de caer en ellas, puedes dañar tu vehículo, ponchar tu llanta y llegar tarde a tu destino o no llegar. Mi meta es permanecer felizmente casado, pero si dejo que ciertas palabras o actitudes abran lugar para distanciarme de mi esposa, pronto voy a encontrar que tenemos “diferencias irreconciliables”.

No quiero. Lo que tengo que hacer es aprender a no ofenderme, especialmente en este caso, donde hablo de alguien que está a mi favor.

Continué con mi baño, pero ya en otra actitud. “Lo hecho, hecho está” me dije. Traerlo a la mente solo empeoraba las cosas. Mejor me enfoqué en buscar una solución práctica al problema y no ver a mi esposa como mi enemigo. El estrés se dispersó y la frustración dejó de molestarme.

Pude ver a mi amiga y aliada y sonreír, sabiendo que, a pesar de lo dicho, podíamos buscar una solución juntos. No vale la pena perderme unas horas, unos días o semanas de su amistad y de su cariño. Es mucho mejor dejar ir la ofensa.

A veces es difícil ver el bache, así que si uno cae, lo importante es aprender a no volver a caer en él y a seguir adelante.  

Anterior
Anterior

Este violento mundo

Siguiente
Siguiente

Ciudad de viudas