La vida como un partido de fútbol

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Vive como si estuvieras jugando en la final de la copa del mundo

Por Francisco Javier Vacio Escalona

Hacer una comparación de la vida con todo lo que sucede durante un partido de fútbol puede sonar irrisorio y descabellado, sin embargo, puede resultar más fácil para algunos de nosotros: entes extraños que gustamos del deporte que consiste, de una manera lúdica y rudimentaria, en ingresar un balón al fondo de una portería.

En la vida nos toca tener un rol activo y convivimos de manera cotidiana con otras personas. Cada uno de esos momentos bien puede ser nuestro estadio, nuestra cancha de fútbol.

Sin embargo, son varios los involucrados en un suceso como este. El “yo” interactúa,  para bien o para mal con otros: el mundo, las tentaciones, el enemigo y sin duda y el más importante, con Dios. Siendo esta vida, el único partido que jugamos, sería mejor que lo hiciéramos como una final de copa del mundo.

 Los involucrados en esta final de copa son:

·        Los árbitros

·        Los equipos

·        La afición

Los árbitros

Ser un árbitro requiere de una fuerte preparación: física, mental y emocional. En lo físico, debe ser capaz de ir y venir durante 90 minutos en cortos y largos sprints, gozar de buena vista y enfoque correcto. En lo mental intervienen la concentración y el conocimiento de las reglas del juego. En lo emocional, es clave el manejo de la presión y la inteligencia para dar prioridad a lo absolutamente relevante para que fluya el partido.

Durante el partido de la vida vemos y vivimos todo tipo de situaciones, algunas fáciles de marcar y otras difíciles. Cuando el “yo” toma el rol de árbitro, necesita estar preparado como el mejor del mundo. Recordemos que es la final del Mundial. 

En todo partido existe una máxima: No hay arbitrajes perfectos. 

Por eso cuando un árbitro se equivoca, puede ser aplaudido por unos y reprochado por otros. Pero su trabajo no es ser parte del espectáculo, sino hacer respetar y seguir el reglamento. Alrededor del árbitro se encuentran veintidós jugadores disputándose el balón e intentando, en algunos casos, a costa de lo que sea ganar el partido: engañando, comprando, o por lo contrario siendo solo parte de esa gran escenografía.

Cuando un árbitro se equivoca, puede ser por descuido, mala ubicación, perjuicio, omisión o desconocimiento de la regla. Puede desconcentrarse e incluso marcar a favor del equipo afectado por el error, para así “compensar” al otro.

El primer error es determinante en el transcurso del partido, porque o puede por sus propios medios intentar solucionar las consecuencias o concentrarse en el reglamento y enfocarse para no volver a equivocarse. Sin duda es algo complejo porque sigue expuesto a continuar cometiendo errores. La relación de los aficionados con el árbitro es complicada: elogian o señalan, aman u odian, todo sin comprender bien a bien la realidad del silbante. 

Por último, está la regla misma. Esa que dicta el modo de conducirse a los veintidós en el campo, la manera de actuar del árbitro, el comportamiento de las bancas, la prensa, la gente en el campo, las gradas e incluso las barras. Es la aliada del árbitro y el cimiento del juego. Sin reglas podrían ser treinta jugadores, cuatro balones o jugar el entrenador o alguien de las gradas o cualquier otro disparate que se ocurra.

Los jugadores

Cuando el “yo” tiene el rol de jugador de fútbol, puede sonar de lo más divertido. Implica estar activo, correr, esforzarse de manera física por algo: el gol. Sin embargo, jugar es algo más profundo. Tiene una estrategia. Si se forma parte de un equipo, cada uno tiene funciones muy definidas. Las fallas nos pueden costar goles en contra y tarjetas amarillas o rojas.           

Todo jugador debe estar sujeto al reglamento. Se dice que: jamás se le gana a un árbitro. Sería mejor decir que: jamás se vencerá al reglamento. El árbitro puede ser engañado, presionado, molestado, pero algo que está escrito en el reglamento no está sujeto a consideración.           

El jugador puede pensar en engañar al árbitro, creerse figura y que es mejor que el contrario o peor aun, que está por encima de su propio equipo. Incluso puede creer que él solo será capaz de ganar el partido. Pero no puede ganarlo por encima del reglamento.           

Es decir: no puede tomar el balón con la mano y correr a la portería contraria. Son reglas obvias, pero fundamentales. Aunque el papel que desempeñe en el campo de juego sea muy relevante, la victoria no es de un jugador, ni de los once que juegan. Es de los veintitrés en el equipo. Incluye al entrenador y a la institución. Todos somos parte de algo mucho más grande. 

La afición      

Cuando eres aficionado, te conviertes en experto. Conoces las estadísticas, los números, las reglas y los nombres de aquellos en el campo. Apoyas en todo momento durante este gran partido. Vives la victoria, eres participante de ella.            

La afición tiene muchos vicios. Los más importantes son: la intolerancia que desemboca en violencia, la idolatría por el equipo o algún jugador, la agresión hacia la porra contraria o incluso con la propia, el desgano, la apatía y el desánimo.

Una vez terminada esta comparativa y guardando las enormes proporciones, podemos concluir que:

Como árbitros, Dios quiere que estemos preparados, que conozcamos su Palabra, que la apliquemos, la hagamos respetar y que sea fundamental en este partido llamado vida. Nos podemos equivocar. Y sin importar el motivo Dios nos invita a arrepentirnos del error, pedir perdón y apegarnos a su reglamento. A veces una mala acción llama a otra y así sucesivamente.

En esta posición, no nos debemos a lo externo ni a los que nos juzgan ni a los que interactúan con nosotros. La realidad de nuestro trabajo está determinada en qué tan cerca o lejos estamos de ese reglamento, que es la Biblia.

Como jugadores, es nuestro deber dar el máximo. No se trata de superación personal sino de obediencia al reglamento. Somos parte de un cuerpo y tenemos un lugar específico, de acuerdo a nuestra función. No todos pueden ser delanteros ni puede haber veintitrés del mismo equipo en la cancha . Si tenemos bajas de juego, solo hay tres cambios. El resto de la banca no juega físicamente pero está ahí con sus compañeros.

Como aficionados, Dios a través de su Palabra nos muestra ese partido perfecto. Quiere que lo veamos y lo vivamos. Pero Dios no quiere que seamos solo sus aficionados. Él anhela una relación profunda con nosotros, un compromiso real, falto de apatía, intolerancia y desánimo. Porque a pesar de lo bueno o malo que nos suceda al ingresar al estadio, Él quiere que en todo momento creamos y confiemos en su victoria. Él ya jugó ese partido perfecto por nosotros para que pudiéramos salir del estadio con cánticos. Alabando, no solo apoyando.

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