¿Por qué sigo viva?

Foto por Isaac Arteaga

15 años después de mi accidente

Por Sara Trejo de Hernández

Hace quince años sufrí una fuerte caída y me hicieron una cirugía en la cabeza. Una pregunta en estos años ha sido: ¿Por qué me dejó el Señor en esta tierra? El neurocirujano que me atendió me dijo: «Usted tiene una palanca muy grande arriba, porque de esto, la gente se muere».

Ahora que ha pasado el tiempo y veo hacia atrás, me toca analizar si he empleado esta segunda oportunidad para honrar a mi Señor, hacer su voluntad y tal vez descubrir por qué me dejó vivir. 

Cuando me caí tenía 48 años, mi esposo y yo vivíamos con nuestros dos hijos; Pablo de 23 y David de 20 años. Servíamos en la iglesia y también teníamos trabajos fuera de ella. Ahora ya cumplimos 40 años de casados. 

En estos años, nuestros hijos se fueron de casa. El mayor terminó su carrera y se casó. El menor también se casó; ahora tenemos una nieta de su primer matrimonio y dos del segundo. Dios me enseñó a amar a mis nueras y a tratarlas como a hijas. 

También he podido experimentar que a las nietas, se les ama con un cariño especial, diferente del que se tiene por los hijos, con menos responsabilidad y más consentimiento. 

Nuestro mayor anhelo y oración constante es que cada uno de ellos tenga una relación personal con Jesucristo, porque sabemos que sólo con Dios podemos tener plenitud.

La vida ha cambiado. Pasar por el nido vacío no fue tan difícil porque estábamos ocupados con el trabajo y la iglesia. Además, vimos ciertas ventajas al tener menos gastos y estar solos como pareja.

Para un niño, quince años no representa pérdidas, sino ganancias. Pero en la adultez implica cierto deterioro. Envejecer es un proceso al que tenemos que irnos acostumbrando. Así han sido para mí estos años. La vista disminuye, aparecen dolencias que no se tenían, el desgaste de las articulaciones y huesos causan dolor, y se requiere de medicamentos y vitaminas que antes no se necesitaban. 

Pero lo más importante de todo esto es ver cómo Dios ha estado guiándome, en cada instante en camino por el que he transitado. Su fidelidad ha sido un regalo constante. 

Aunque ciertamente veo que no soy la misma persona que cuando tuve el accidente, y sí he crecido en mi fe y relación con Él, sigo necesitando perdonar y pedir perdón, arrepentirme de mi pecado y volver a empezar. Sobre todo confiar plenamente en mi Señor, y en su amor, cuidado y guía, a pesar de las circunstancias.

Ahora le hablo del evangelio a cuanta persona me encuentro. En el transporte público, en el médico y a dondequiera que voy comparto mi fe. Tal vez por eso el Señor me dejó estos años. Quiero pensar que a alguna de esas personas las veré en el cielo. Aunque solo haya compartido algo breve con ellas, mi anhelo es que esa semilla haya crecido y dado mucho fruto.

Después de que salí del hospital mi oración fue: «Padre, no permitas que te falle». Recordaba al rey Ezequías, al que Dios le dio otros quince años de vida, y al final su orgullo y arrogancia lo llevaron a actuar en contra de la voluntad de Dios. 

Dios también me dio otra oportunidad para vivir, y mi oración sigue siendo: «Padre, no permitas que te falle». Sé que no soy perfecta, pero mi propósito es vivir de tal manera que siempre honre a mi Señor. 


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