Y Dios usó a la mujer (Parte 3)

Foto por Phil Eager

Las mujeres en la obra misionera 

Por Elisabeth F. de Isáis (1925-2012)

¿Es voluntad de Dios que la mujer sirva al Señor en algo más que la cocina y las visitas a los enfermos?

Por un lado, está claro que las Escrituras enseñan que todos debemos ser evangelistas, en el sentido de compartir la fe con los demás. Si somos salvos, todos tenemos en nosotros al Espíritu Santo y por lo tanto el poder para compartir el mensaje.

En efecto, al echar un vistazo a la historia de la Iglesia, y sobre todo de la obra misionera, lo poco que se ha logrado en estos dos milenios no se debe solamente al trabajo de los varones, sino en gran medida al empeño y empuje de las mujeres. 

Tenemos por ejemplo, el caso de la mártir Perpetua, una madre joven que se entregó a la muerte y fue sacrificada en el Coliseo de Roma en el tercer siglo porque no era capaz de negar a su Señor. Sin duda tocó muchos corazones paganos y los hizo reaccionar en favor de los cristianos. 

En la historia moderna sería interminable la lista de mujeres que Dios ha usado en obras pioneras en sus propios países y en otras tierras. Los máximos héroes masculinos fueron fortalecidos por la compañía y el apoyo de sus esposas.

Ana Hasseltine, esposa de Adoniram Judson, visitó fielmente a su marido en las cárceles de Bruma. Gracias a ella se salvó el manuscrito de la traducción de las Escrituras que había costado a Adoniram largos años de trabajo. 

Catalina de Booth esposa del fundador del Ejército de Salvación, ejerció una tremenda influencia en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue predicadora, autora, luchadora por los pobres y madre exitosa. 

En América Latina, Susana de Strachan hizo una inmensa labor en Costa Rica; su esposo Enrique Strachan era un evangelista que viajaba constantemente, así que ella dirigió la incipiente Misión Latinoamericana fundada en el año 1921. Fundó en nombre de su esposo un hospital, un orfanatorio, un seminario, una escuela de enfermería y otros ministerios antes de morir en 1950. 

No todas las heroínas eran casadas. ¡Cuántas heroínas solteras en lugares de gran peligro y desafío! Mary Slessor en África, conocida como «la reina blanca de Okoyong». Gladys Aylward en  China. Maude Cary en Marruecos, valiente ante los prejuicios del Islam. Lottie Moon en China, de la que su jefe escribió: «Considero que una soltera en China vale por dos hombre casados».

Ruth Tucker hace un recuento en su libro Hasta lo último de la tierra: «Realmente es una historia maravillosa… Empezamos en debilidad, permanecemos en poder. En 1861 había una misionera soltera en el campo, la señorita Marston, en Bruma; en 1909, había 4,710 solteras en el campo... En 1861 había una sola sociedad de mujeres organizada en nuestro país; en 1910 había 44.…». 

Durante la primera década del siglo XX, las mujeres por primera vez en la historia, sobrepasaron el número de hombres en las misiones protestantes. 

Tucker observa en su historia: «En algunas áreas del mundo, fue únicamente por medio del trabajo de las mujeres que el Evangelio penetró por las antiguas barreras culturales y religiosas… si se puede generalizar acerca de un aspecto de las solteras y sus ministerios, quizá sea su disposición de hacer trabajo pionero difícil».

Ejemplo de esto es Amy Carmichael, una misionera inglesa que fundó un orfanato para cerca de dos mil niños de la India. Durante 50 años no regresó a su patria, siendo recluida en su recámara los últimos años de su vida. Usó el tiempo no sólo para dirigir las operaciones de la enorme institución que había fundado, sino también para escribir libros apasionados acerca de las necesidades espirituales del mundo pagano. El fruto de su pluma conmovió a toda Inglaterra. 

Por otro lado, pocos evangélicos mexicanos saben que Melinda Rankin, una estadounidense que amaba a los mexicanos, es considerada como pionera de buena parte de la obra evangélica en este país. 

Varios libros sobre las misiones que conmovieron a la Iglesia fueron escritos por mujeres. «Las mujeres sobresalieron en casi todos los aspectos de la obra misionera, pero los campos de medicina, la educación y la traducción fueron afectados por su trabajo experto en forma particular… », dice Ruth Tucker en su historia de las misiones.

Muchas han sido mártires. Cuando Berry de Stan y su esposo fueron asesinados en China en 1934, la noticia estremeció al mundo de tal manera que centenares de jóvenes ofrecieron sus vidas para la obra misionera. 

Miles de misioneras nunca alcanzaron la fama ni el reconocimiento mundial, pero «sus obras con ellas siguen», para parafrasear Apocalipsis 14:13. Un ejemplo es Anna Dohrman, de la Misión Centroamericana, quien escribió en el principio del siglo pasado: «En seis semanas he viajado 230 millas en mula por estos horribles caminos, he predicado 35 veces a auditorios que van desde ocho personas hasta 300, he visitado más de cien hogares y he distribuido cientos de folletos, Evangelios y porciones de la Escritura. He sido apedreada, golpeada, perseguida y maldecida. Los sacerdotes (católicos) enviaron multitudes armadas con piedras, basura, desechos de animales, arena, silbatos, cornetas y lenguaje vil» (traducido del libro 100… and counting, por Dorothy Martin). 

Sí, Dios usa a la mujer, tanto hoy como ayer, porque ella tiene capacidades idóneas para muchos aspectos de la obra cristiana, pero también porque hasta ahora no ha habido suficientes hombres para cumplir la tarea. 

Cada día hay más conciencia en las iglesias de este país, de que la misión no es únicamente en nuestra localidad sino en todo el mundo. Y tanto mujeres como hombres están inflamados con la pasión misionera, con la visión de predicar el Evangelio a toda criatura antes de la segunda venida del Señor. 

Algunas de las mujeres irán como solteras con la consigna de cuidar su testimonio y su vida moral; otras irán como esposas con los consiguientes problemas de dividir su tiempo entre el esposo, los hijos y la obra misionera. Lo que es claro es que todas necesitarán del apoyo de las iglesias. 

La causa de Dios necesita maestras, enfermeras, doctoras, periodistas, secretarias, trabajadoras sociales, músicos, evangelistas, además de madres y esposas fieles. No cabe duda: Dios puede y quiere usar a la mujer. Le toca a la mujer responder a su llamado. 

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