Y Dios usó a la mujer (Parte 1)

Foto por Phil Eager

Mujeres destacadas en el Antiguo y Nuevo Testamento

Por Elisabeth F. de Isáis (1925-2012)

En la Biblia sabemos que la primera mujer fue la primera en pecar en el jardín del Edén. Entonces, ¿Será posible que Dios actué a través de ella? La pregunta parece innecesaria. La misma Biblia muestra que Dios sí lo ha hecho. Sin embargo, en muchas iglesias evangélicas todavía existen dudas sobre el lugar de la mujer en el servicio cristiano y parecería difícil de creer que hay movimientos que buscan limitar cada vez más su participación.en el servicio del Reino. 

. Es verdad que aunque la mujer en tiempos del Antiguo Testamento estaba muy limitada en cuanto a su esfera de acción, varias se destacaron por En el Antiguo Testamento, aunque la vida de la mujer estaba bastante restringida, varias aparecen en momentos decisivos. Sara fue compañera de Abraham en su caminar de fe y madre del hijo prometido. Débora llegó a ser juez y líder en Israel. Ester, una joven huérfana convertida en reina, intercedió por su pueblo cuando estaba en peligro de exterminio.

También está la “mujer virtuosa” de Proverbios 31, presentada como ejemplo de sabiduría, trabajo y responsabilidad. Jocabed salvó la vida de Moisés desafiando el decreto del faraón. Una viuda sostuvo al profeta Elías en tiempos de escasez. Otra mujer ofrecía hospitalidad constante al profeta Eliseo. Abigail evitó un derramamiento de sangre gracias a su prudencia. Y así aparecen otras mujeres que, de distintas maneras, formaron parte de la historia del pueblo de Dios.

En el Nuevo Testamento la presencia femenina se vuelve aún más visible.

En Pentecostés, los apóstoles estaban reunidos en oración junto con varias mujeres cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos. Pedro recordó entonces las palabras del profeta Joel: el Espíritu sería derramado sobre hijos e hijas, sobre siervos y siervas. Hombres y mujeres participarían en esa nueva etapa de la obra de Dios.

 «Vuestros hijos y vuestras hijas verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán» (Hechos 2:17-18). 

Es sumamente interesante el hecho de señalar a las mujeres aparte de los varones, dos veces. ¿Realmente hay diferencia entre hijos e hijas, siervos y siervas? ¿Son mencionados por separado a propósito? Parece obvio que sí. 

Lucas menciona también que Felipe tenía cuatro hijas que profetizaban. En Europa, la primera persona convertida al cristianismo fue una mujer: Lidia, comerciante de Filipos. En su casa comenzó a reunirse la primera iglesia de esa región. El mismo libro de Hechos cuenta cómo Pedro fue instrumento para devolver la vida a Tabita, una creyente conocida por su servicio a los demás. (Hechos 21:9). 

En el Evangelio de Lucas aparece además Ana, una anciana profetisa que servía constantemente en el templo. Cuando vio al niño Jesús, reconoció en él al Mesías y habló de él a quienes esperaban la redención.

Las cartas de Pablo contienen numerosas referencias a mujeres activas en la obra cristiana. En Romanos menciona a Febe, diaconisa de la iglesia de Cencrea. También recuerda a Priscila, quien junto con su esposo Aquila colaboró en la obra misionera y arriesgó su vida por el apóstol.

Se supone que Febe tenía todas las cualidades requeridas de los diáconos: honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas, de limpia conciencia y sometidos primero a prueba para ver si eran irreprensibles (descritas en la primera carta de Pablo a Timoteo). 

Hoy en día, pocas congregaciones evangélicas aceptan nombrar a mujeres como diaconisas, limitando este trabajo a los varones. Es indudable que hay mujeres del nivel espiritual requerido, pero en muchos casos su servicio está limitado a las sociedades femeniles o a dar clases a los niños. Sin embargo, el ejemplo bíblico prevalece.

El apóstol escribe una carta cariñosa a Filemón y a su esposa Apia, quienes tenían una iglesia en su casa. Agradece indirectamente a Eunice y a Loida por el ejemplo de fe que proporcionaron a Timoteo durante su niñez y que contribuyó a prepararlo para el ministerio. En su carta a los filipenses, Pablo se refiere a Evodia y a Síntique, «que combatieron juntamente conmigo en el Evangelio» (Filipenses 4:2-3).

En la epístola a los romanos, Pablo envía saludos a María, «la cual ha trabajado mucho entre vosotros»; a Trifena y a Trifosa, «las cuales trabajan en el Señor»; a «la amada Pérsida, la cual ha trabajado mucho en el Señor». También a Julia y a la hermana de Nereo, recalcando que son santas. De la lista de personas a las cuales el apóstol saluda, cerca de la tercera parte son mujeres. 

El apóstol Juan escribió su segunda epístola a «la señora elegida» y a sus hijos, sin especificar quiénes son. Pudo referirse a una iglesia o una mujer dirigente en la obra. 

Los evangelios también muestran la manera en que Jesús trató a las mujeres. Un ejemplo claro es su conversación con la mujer samaritana. En ese diálogo Jesús le habló de la verdadera adoración y se reveló abiertamente como el Mesías. A partir de su testimonio muchos en Samaria creyeron.

Después de la resurrección ocurre otro detalle significativo: la primera persona a la que Jesús confía el anuncio de su victoria sobre la muerte es María Magdalena. A ella le pide que vaya y comunique la noticia a los discípulos.

: «Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Juan 20:17).

Los mensajeros celestiales tampoco aparecieron solo a hombres. Agar escuchó la voz de un ángel en el desierto. La madre de Sansón recibió el anuncio del nacimiento de su hijo. María escuchó al ángel Gabriel anunciarle que sería la madre de Jesús. Y en la tumba vacía, los ángeles hablaron con María Magdalena y otras mujeres para que anunciaran la resurrección.

Sin duda, podemos estar seguros de que Dios ha usado a la mujer en gran manera a través de toda la historia. Que estos ejemplos bíblicos nos inspiren a reconocer el valor y la invitación que Dios continúa haciendo a las mujeres a participar activamente en su obra. 

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