¿Te sientes abatido por la depresión esta Navidad?

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Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) por lo menos 322 millones de personas han sufrido de depresión al menos una vez. En México el 9.1% de la población sufre de periodos depresivos

Por Andrea Hernández de Del Rivero

A veces nos pasan cosas que no tienen sentido ni lógica. El mundo quebrantado en el que vivimos nos muestra su cruda realidad y nuestras propias debilidades nos dejan ver lo vil de nuestra propia naturaleza.

A cada quien le toca diferente y en medidas diversas, pero en algún momento de nuestra vida, dentro de altas y bajas, vienen de golpe túneles de densa oscuridad: la depresión.

Por lo general no sabemos qué hacer con la depresión. Intuimos que estamos deprimidos cuando hemos perdido algo y no hallamos la manera de sustituirlo:  un ser querido, la fidelidad del que amamos, un sueño, un trabajo o la salud.

También la pérdida puede estar en nuestra mente: pérdida de esperanza, de energía, de satisfacción, de sueños para el futuro, de paz y de propósito para vivir.

Pasan las semanas, tal vez los meses y lo único estable es la misma sensación de vacío. Lo demás es un caos y no sabemos por dónde empezar.

La Navidad y las celebraciones de año nuevo pueden acentuar la depresión. Es un tiempo de gozo, paz, esperanza y “felicidad”. Quizá nos preguntamos ¿por qué están todos tan felices?, seguros de que somos los únicos que no nos sentimos así. ¿Qué tanto celebran? ¿A poco sí hay mucho amor?

Y si pensamos en Jesús como la razón de la Navidad, la cosa se pone más difícil. Vienen preguntas como: Si Dios es el Señor de mi vida y Jesús es mi Salvador ¿por qué no me emociona celebrar su nacimiento? ¿Por qué no es Él suficiente para sentirme mejor? ¿Qué tiene que pasar para que sanen mis heridas? Y nos sentimos culpables por siquiera pensarlo.

Pareciera que la condición en la que vivimos es permanente. Pero no tiene que ser así. Esta es una etapa de nuestra vida que sí podemos navegar y aunque no lo veamos ahora, cuando estemos del otro lado será obvio que Dios siempre estuvo con nosotros.

Por otro lado hay millones de personas en el mundo que entienden. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) por lo menos 322 millones de personas han sufrido de depresión al menos una vez. En México el 9.1% de la población sufre de periodos depresivos.

La mayoría de quien la padece son mujeres (el doble que los hombres) mucho debido a cómo influyen las hormonas en nuestro estado de ánimo. Además, la fisiología y química del cerebro pueden alterarse, lo cual hace más difícil procesar estos episodios.

Por ello, es muy recomendable buscar ayuda profesional y buena compañía en el proceso. No  fuimos diseñados para superar nuestras adversidades solos. Siempre necesitaremos de otros, y eso está bien.

Como hijos de Dios fuimos llamados a mantener nuestro cuerpo y alma bajo el dominio del espíritu de Dios en nosotros y no al revés. ¿Quién controla nuestras emociones? ¿Nuestra alma (lo que sentimos, queremos o pensamos) o el Espíritu?

El apóstol Pablo dice: Por lo tanto, permitir que la naturaleza pecaminosa les controle la mente lleva a la muerte. Pero permitir que el Espíritu les controle la mente lleva a la vida y a la paz” (Romanos 8:6).

A continuación compartimos algunas sugerencias que pueden contribuir a un proceso de sanidad a largo plazo. El propósito es ser intencionales en atender todas las áreas de nuestro ser (espíritu, alma y cuerpo), ya que lo que nos sucede nos impacta de manera integral.

Para el cuerpo:

Cuando estamos deprimidos todo pasa con lentitud, desde las horas hasta los movimientos corporales. Nuestra energía física está por los suelos. Queremos dormir todo el día y en las noches no logramos conciliar el sueño. Nos cuesta demasiado concentrarnos hasta en las tareas más sencillas e incluso es probable que tengamos episodios constantes de dolor de cabeza, de estómago u otros.

1.Evaluemos nuestras rutinas.

Escribamos lo que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. ¿Qué cosas apuntan a que estamos deprimidos?  Tal vez lo que necesitamos es cambiar alguno de nuestros hábitos. Es natural que no tengamos ganas de hacerlo, pero podemos aceptar un cierto nivel de cambio en nuestra vida. Es nuestra decisión.

2. Consideremos que nuestro cuerpo necesita tiempos balanceados de descanso, sueño, ejercicio, trabajo, silencio y una alimentación sana. ¿Estamos durmiendo suficiente? ¿Qué hábitos nos están quitando energía física? ¿Hay algo en nuestra alimentación que influye en nuestra salud? ¿Hacemos ejercicio? No necesitamos inscribirnos en un gimnasio pero es muy recomendable salir a caminar 30 minutos al día.

Para el alma:

En tiempos de profunda tristeza las emociones se intensifican y hasta se distorsionan, o en todo caso se bloquean, como si desaparecieran, y se vuelve difícil discernir qué hacer o por dónde empezar.

Volvamos a las verdades de Dios, a sus promesas, a la historia en la Biblia, a lo que en tiempos de luz aprendimos de Él. Dios sigue siendo Dios a pesar de nuestras emociones. Es verdad que muchas veces lo que Dios dice no suena lógico y queremos obedecer hasta que nos parezca sensato. Pero empecemos obedeciendo y confiando, y después le encontraremos sentido.

En Filipenses 4:8 tenemos esta invitación:Y ahora, amados hermanos, una cosa más para terminar. Concéntrense en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza”.

Dejemos que nuestra mente se llene de estas cosas. Si es necesario hay que meditarlo, escribirlo y/o memorizarlo.  Y evitemos música, películas, libros, lugares o cualquier cosa que confunda nuestra mente, nos desanime o nos provoque ansiedad.

Es importante incluir a otros en nuestro proceso. Si sentimos que los demás no comprenden lo que estamos pasando hablemos. Compartamos con nuestros amigos o familiares de más confianza nuestros dolores más profundos.  Démonos la oportunidad de ser vulnerables y sinceros.

Pidamos apoyo, que nos tengan paciencia y que nos respeten cuando no estamos de humor para convivir. Pero pidamos y dejemos que estén al pendiente de nosotros y nos protejan de aquellos que no nos entienden o nos atacan.

Para el espíritu:

Es difícil orar o alabar en esta etapa de vida. En una oración no solo pedimos cosas, también damos gracias a Dios por todo y le alabamos por lo bueno que es Él. Pero si no nos sentimos agradecidos por nuestra condición actual, y dudamos de su presencia o sus bondades por supuesto que será difícil orar. Pero recordemos que aún así podemos hablar con Él.

Lo maravilloso de tener una relación con Dios es que Él conoce nuestros sentimientos más profundos y nos entiende como nadie. No tenemos que ocultarle lo que en verdad está pasando por nuestra mente. Podemos decirle nuestros miedos y lo que nos causa zozobra. Podemos preguntarle cosas y hasta quejarnos de lo que nos duele y lastima.

Por otro lado, es importante reconocer aquello en lo que nos estamos haciendo daño, lo que no está bien en nosotros. Debemos confesarlo a nuestro Amigo y Señor.  Eso nos ayudará a liberarnos de culpas que no nos corresponden y dejar que Él transforme nuestra mente, a pesar de nuestras circunstancias. Pidamos que Él nos recuerde quién es Él.

El Salmo 77 es un claro ejemplo de cómo desahogar el dolor y la amargura con toda honestidad, nos regresa a las verdades inquebrantables y cualidades admirables de Dios. En el Salmo 42:11, el salmista confiesa:  “¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? ¡Pondré mi esperanza en Dios! Nuevamente lo alabaré, ¡mi Salvador y mi Dios!” (Salmos 42:11). La victoria final está asegurada.

Así que, en esta Navidad, no es necesario forzarnos a disfrutar todos los múltiples festejos, comidas, regalos, música alegre, movimiento y felicidad por doquier. Podemos enfocarnos en lo más importante: Dios encarnado en Jesús. Nuestro Dios, el que nadie podrá quitarnos jamás.

La promesa de Jesucristo sigue siendo válida: “Les he dicho todo lo anterior para que en mí tengan paz. Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

Dios es Dios, nos ama, es fiel y verdadero.

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