Odios baratos

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Una terrible realidad en millones de vidas

Por Mirna Sotomayor Lechuga 

La reunión era amena, los amigos bromeaban y reían con los recién casados. La gente continuaba llegando con sus mejores ropas, con regalos en las manos, sonrisas en los rostros y genuina alegría. Los abrazos, apretones de manos, besos en las mejillas gritaban por todo lo alto: ¡Estamos de fiesta! ¡Estamos felices por los novios y con los novios! En verdad el ambiente era precioso. 

En eso llegó una pareja, que igualmente traía pintado el gozo en la cara. De pronto, cuando la recién llegada saludó a un grupo, una de las señoras que estaba ahí se transformó. Su rostro se volvió duro y agrio. La mirada antes cálida y dulce se tornó fría, cuajada de desdén como los ojos de Gorgona*. 

La cabeza, antes grácil y delicada, se alzó desafiante en un franco gesto de rechazo que imperiosamente ordenaba: ¡Aléjate de aquí, no eres bienvenida!  Entre tanto, la mujer que había llegado, se cohibió, dijo su nombre balbuceante a quienes no la conocían, bajó sus ojos desconcertada y con gesto inseguro se sujetó del brazo de su esposo para evitar caer en el pozo venenoso que se le ofrecía. 

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué esta metamorfosis de horror? Yo conocía a las dos. Son excelentes personas, jóvenes, llenas de vida, de sueños y de alegría. Sin embargo, algo no encajaba con la descripción de una de ellas.

 Meses después volví a ver a la joven rechazada y le pregunté por aquel triste incidente. "No sé", me dijo. "Nunca he sabido por qué me odia tanto. Nunca le he hecho nada y no frecuentamos los mismos círculos. Las veces que nos hemos encontrado es porque tenemos amigos en común. En realidad no hemos tenido ninguna conversación jamás. No es la primera vez que sucede esto. Siempre es igual, y no lo entiendo". 

Unas semanas después, por cuestiones de trabajo, me encontré con la émula de Gorgona. La saludé y recibí el mismo trato que había presenciado en aquella boda. Me sentí profundamente desconcertada. Apenada por ella, me alejé. ¿Qué raíz de ajenjo estaba intoxicando su vida? Siguió corriendo el tiempo, y de vez en cuando oía historias parecidas de otras personas, todas llenas de dolor, todas llenas de preguntas, de injusticia, de ponzoña. 

Y una mañana fresca y limpia, después de una noche de lluvia, lo comprendí. Entendí el poder de los odios baratos. Odios que comienzan con pequeñas cosas, reales o imaginarias. Odios que, como los abalorios, se van armando con piedras de descontento, de crítica, de juicio, de auto justicia, de egoísmo.

Al principio son collares de hilos delgados y cuentas pequeñas, pero después le vamos añadiendo más ofensas, más revanchas, más razones que justifican nuestro veneno, hasta que se vuelven lápidas que aplastan toda compasión y se beben la vida de nuestras almas. 

Odios que lucimos como brazaletes que nos impiden abrazar y consolar, odios baratos que nos colgamos como aretes que no nos dejan escuchar lo que tienen que decir los otros. Grebas de ira que usamos para golpear al caído y que nos impiden ir ligeros para llevar el mensaje de vida y de perdón. La Escritura nos dice cómo se hace el diseño de esa “bisutería” que no es una fantasía, sino una terrible realidad en millones de vidas. 

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:1-3). 

El credo del “¡Quiero lo que quiero y lo quiero ahora!” siempre ofrece cosas que podemos tener al momento. Placeres, venganzas, egoísmos secretos, en fin. Es una transacción sencilla, pero como todos sabemos, tarde o temprano nos damos cuenta de que lo barato sale caro, y seguimos pagando y pagando por algo que realmente no sirve y jamás servirá; mientras continuamos defraudando nuestra alma y perdiéndonos de la vida libre y abundante que Dios nos ofrece y nos da. 

Así que, si tú tienes odios baratos, cuyo costo te está ahogando, te digo que sí hay una salida definitiva. La Biblia dice: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David” (Isaías 55:1-3).

 * Gorgona:  De la mitología griega. Monstruo infernal cuya mirada petrificaba.

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