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Caminando por el valle de sombra de muerte

Mi historia de dolor transformador

Por Ann Díaz

Te voy a contar sobre lo peor que me ha pasado, que quizá sea lo mejor que me ha sucedido.

El trabajo de mi esposo nos llevó de la Ciudad de México a París. No habían pasado ni dos meses cuando empecé a sentirme muy mal. Tuve síntomas de gastroenteritis por diez días. En general cuando uno tiene una infección estomacal, al vomitar hay alivio. Pero conmigo no fue así porque desde que empezó el dolor no tuve ni un solo momento de bienestar. Esto debió indicarme que algo andaba muy mal, pero solo pensé que había olvidado lo terrible que se siente enfermarse del estómago.

Por otro lado, tengo una alta tolerancia al dolor, lo cual fue parte del problema. Seguía pensando: “Quizá mañana me sentiré mejor”. Pero ese día nunca llegó.

Después de visitar a tres médicos decidimos que era mejor ir al hospital. Ahí me hicieron algunos estudios, me dijeron una vez más que era gastroenteritis y me enviaron a casa.

Aunque para ese momento ya estaba muy deshidratada, no me ofrecieron ponerme suero, ni me mandaron a hacer más estudios. Ya había bajado 8 kilos. El tono de voz de la doctora fue desagradable. Era como si me dijera: “¿Por qué me haces perder tiempo?”.No se esforzó en hablar inglés (mi primer idioma) aunque se dio cuenta de que me costaba trabajo entender su francés y se suponía que ese hospital ofrecía atención en inglés. ¡Fue horrible!

He decidido perdonarla. Aunque también me gustaría que de alguna manera ella se enterara de los errores que cometió, porque la situación era demasiado peligrosa como para que fuera tan descuidada.

Dos días después, las cosas seguían peor. Mi mamá llegó a París y decidimos ir al Hospital Americano. La diferencia fue abismal. Desde el principio, todas las personas fueron muy amables. Fue un alivio haber encontrado la atención apropiada.

Y sí, algo estaba muy mal. Tenía peritonitis y me operaron de inmediato. Al parecer, mi apéndice se infectó con una bacteria que afectó todo mi cuerpo. Mi cavidad abdominal estaba llena de fluidos y pus. No pudieron sacar mi apéndice durante la cirugía porque no lo encontraron.

Fue una operación de mucho riesgo y la recuperación, muy dolorosa. Soy afortunada de seguir con vida y agradezco a Dios que regresamos al hospital a tiempo.

La  mañana después de la cirugía, el 28 de enero, escuché a un pájaro cantar afuera de mi ventana. Nunca había oído algo similar ni lo he vuelto a escuchar desde entonces. De alguna manera supe que ese pájaro era Dios prometiéndome que lograría sobrevivir el invierno y que vería la primavera.

Por momentos me sentí olvidada y abandonada por Dios, pero luché contra esa percepción y seguí esforzándome por confiar en Él. Solo le pedí que hiciera su voluntad en mi vida.

El tiempo de recuperación después de la cirugía fue doloroso en extremo. Tenía un tubo de la nariz al estómago succionando líquido.

No podía beber así que solo rociaba agua en mi boca lo cual se sentía como una probadita de cielo. Cada dos horas me volteaban de lado para masajear mi espalda porque no podía levantarme. ¡Solo me quejaba y lamentaba!

Lo bueno fue que me dieron medicamentos para el dolor y podía pedir una inyección de morfina cuando el dolor empeoraba.

Al cuarto día me trasladaron a cuidados intermedios. Estaba en un estado bastante vulnerable y vergonzoso para mí, ya que muchos extraños me habían visto completa o parcialmente desnuda y no me había bañado en muchos días. Me sentía hambrienta la mitad del tiempo.

Soy mamá y ama de casa. Aún dormía con Asher, mi bebé de 19 meses y lo amamantaba. Había permanecido a su lado cada día y noche de su vida, dándole pecho varias veces al día y tuve que apartarme abruptamente de mi hijo.

Fue muy difícil y triste alejarme de él porque teníamos una gran relación. Sé que le afectaron mucho los seis días que estuvimos separados, pero gracias a Dios, su papá y su abuela estuvieron con él.

Un día sin darme cuenta, me lastimé al estar acostada sobre un dispositivo de plástico puntiagudo conectado a mi monitor de oxígeno. Había bajado 10 kg y  era casi puro hueso. Me hicieron una tomografía y encontraron abscesos en ambos pulmones. No podía respirar normalmente lo cual era casi peor que el dolor porque me impedía dormir bien.

Tan solo arrastrar los pies por el pasillo me quitaba el aliento. Cosas básicas como dar un suspiro a medias, ponerme la bata, salir de la cama, sujetar algo, ir al baño, asearme, mover una mesa o lavarme los dientes eran una batalla. Es lo más débil que he estado en mi vida.

Al sexto día, pude ver a mi hijo Asher porque me cambiaron de habitación.


Por fin me dieron un puré de manzana. ¡Es el mejor que he probado! Después me quitaron el catéter. Tomé mi primer baño completo en dos semanas y me sacaron todos los tubos. En seguida pude comer alimento sólido como pollo y salmón.

Después de cinco días con dolor intenso en la espalda y dificultad para respirar, hicieron otra tomografía y decidieron intervenir. Drenaron fluido alrededor de mis pulmones y mi corazón.

Me sacaron de mi acogedora habitación y me trasladaron de vuelta a cuidados intermedios. Mientras esperaba por más de una hora en esa sala blanca y solitaria escuché un podcast sobre el sufrimiento y acerca de compartir mi angustia con Dios. Me sentí libre para lamentarme con Dios.

Por fin el doctor vino y me dijo que había dos litros de fluido alrededor de el pulmón izquierdo y corazón. Solo estaba usando mi pulmón derecho para respirar.

Me puso tres inyecciones de anestesia local en el costado izquierdo y administraron mucha morfina vía intravenosa. No me imaginaba el tremendo dolor que me esperaba. Fueron los veinte minutos más agonizantes de mi vida y eso que tuve un parto natural inducido sin ningún medicamento para calmar el dolor.

Sentí un dolor agudo en lugares que no sabía que podían dolerme. Me quejaba y a menudo gritaba. Moi, mi esposo, podía escucharme desde afuera.

Pasaron muchas cosas por mi mente. “¿Por qué, Dios? ¿Por qué estoy en esta situación?”. Apenas podía respirar y el doctor olía a cigarro. Cada segundo se sentía como un minuto.

Pensé en Jesús, colgado en la cruz por horas. Exclamé en voz alta: “¡No puedo! ¡No puedo!”. Después el doctor comenzó a retirar el tubo y el dolor disminuyó gradualmente. Moi entró y me mostró el fluido, era más de un litro de líquido amarillo. Yo estaba en shock.

Poco a poco comencé a sentir alivio y a respirar mejor. Esa noche por fin dormí bien.
La monotonía me empezó a pesar. Ya no reconocía mi cuerpo, extrañaba a mi hijo y salir a la calle. Solo quería regresar a mi vida de antes y valerme por mí misma. Cuando creía estar cerca de la meta, me desalentaban con noticias de una posible cirugía. Lloré y me lamenté con Dios.

Por fin el líquido en mis pulmones y otros órganos disminuyó notablemente y pude irme a casa. Después de haber estado tres semanas hospitalizada, me dieron de alta el mismo día que estaba agendada la cirugía que ya no necesité. ¡Gloria a Dios!

Esta experiencia fue en verdad transformadora y enriquecedora. En verdad puedo decir que le hizo bien a mi alma. He salido de esto más fuerte, más agradecida, más gozosa y más enamorada de Jesús. Estoy confiando en Él para que haga su voluntad en mi cuerpo y mi vida. He aprendido a vivir un momento a la vez.

Dios también ha sanando problemas en mi matrimonio al darle a Moi la oportunidad de amarnos a mí y a Asher en formas en que jamás hubiera tenido que mostrar amor. Me he enamorado de nuevo de mi esposo. Me di cuenta que es el compañero perfecto que Dios me dio para pasar por esta experiencia y el resto de lo que la vida ponga en nuestro camino.

Al hacer un recuento de las bendiciones que Dios me otorgó en esta prueba veo que: Dios me bendijo muchísimo y me permitió también animar a otros.

A través de mi celular, tuve la oportunidad de apoyar a tres mamás primerizas y contactar a muchos amigos y familiares, ya que enviar mensajes me distraía del dolor.

Muchas personas me enviaron listas de canciones y podcasts que me ministraron. Relaciones familiares y amistades, viejas y nuevas, fueron enriquecidas con geniales conversaciones y muchas risas.

Esta dura prueba sirvió para romper el hielo y desarrollar relaciones profundas con nuestros nuevos hermanos en Cristo en París.

Animé a los médicos, a las enfermeras y hasta al personal de limpieza, validando su trabajo. Amé a mis enfermeras y las conversaciones que tuvimos todos los días en inglés, español y francés.

Practiqué mi francés y gané seguridad en mí misma. Tuve que abogar por mis necesidades y defenderme lo cual no me es natural.

Pude platicarles a mis doctores sobre la terapia con vitamina C, que puede salvar la vida de personas que no responden a los antibióticos y los animé a echarle un vistazo.

Asher está creciendo, volviéndose menos dependiente de mí, aprendiendo cosas nuevas y creando lazos con sus abuelas y su papá, lo cual es una parte sana de su desarrollo.

Dios proveyó en todas las formas: física, emocional y espiritualmente; en finanzas, logística y más. Mi mamá vino por 10 días y mi suegra por varias semanas. Ambas son mujeres que disfrutan cuidar de otros y han sido un gran regalo.

Por el resto de mis días, sabré cómo consolar a aquellos que pasan por situaciones similares. Jamás me había sentido tan miserable y al mismo tiempo tan llena de profundo gozo. Jamás había estado tan exhausta y a la vez, tan llena de vida.

Ahora conozco la dulce y perdurable presencia de Jesús como nunca antes. Él se quedó despierto junto a mi cama de hospital cada momento, sosteniendo mi mano en las noches solitarias que no dormí. Aprecio más y agradezco el doloroso sacrificio que hizo en la cruz para salvarnos.

El dolor físico agotador que experimenté fue muy profundo, pero también lo fue mi intimidad con Jesús, mi confianza, dependencia, gozo, paz y adoración. Si tuvieras una probadita de esto, seguro estarías celoso. Ha sido un parteaguas en mi vida. Ya no soy la misma Ann de antes.

Esta vivencia fue como caminar por el Valle de Sombra de Muerte y aún cuando estaba en medio de lo peor y no veía la salida, Jesús fue  mi pastor y lo seguirá siendo.

PARA TI QUE LEES ESTO:
Sé que este sufrimiento intenso y prolongado no se compara a atrocidades como abuso sexual, físico, verbal o espiritual, distanciamiento familiar, un hijo con una enfermedad crónica, perder a un hijo o a un familiar directo, o al dolor profundo de la infertilidad o la pérdida de un bebé, problemas en el matrimonio, deseos insatisfechos, adicción o depresión.

Muchos me han dicho lo fuerte y madura que soy. Pero no es mi fuerza, sino el poder de Dios que ha estado obrando en mí por mucho tiempo, desde que tenía 6 años. Por años he leído la Biblia regularmente. En temporadas la he dejado, pero siempre termino volviendo a ella. La Palabra de Dios es viva, es la forma en la que Dios te habla.

Te invito a soltar tu celular, leer tu Biblia, orar y adorar de rodillas. Puedes encerrarte en tu recámara. ¡Inténtalo! Al principio se siente incómodo pero verás cómo te cambia. Procura tener un lugar y horario asignados. Busca unirte a un estudio bíblico. Encuentra lo que funciona para ti.

No sé por lo que estés pasando pero todos tenemos heridas. No tengo palabras prolijas o teológicamente correctas para explicar por qué pasan cosas como estas. Pero sé que Dios está profundamente interesado y llora contigo. Él está ahí, acompañándote.
Muchos preguntan: ¿Dónde está Dios en todo este dolor?

Jesús también estuvo desnudo y perdió su dignidad. Y Jesús sabe exactamente cómo te sientes. Dice la Biblia que Él es un hombre de aflicciones, amigo de los que sufren. Y de alguna manera milagrosa te dará las fuerzas para superar esto así como lo ha hecho conmigo.

Y aún si morimos, la realidad es que si estamos en Cristo, viviremos por la eternidad con Él, en su dulce abrazo. Aunque parezca imposible, Él enjugará cada lágrima de nuestros ojos (Apocalipsis 21:4) y sanará cada herida que hayamos tenido. Ningún milisegundo de nuestro dolor será desperdiciado.

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